viernes, 15 de abril de 2011

VEHÍCULO DE LA VERDAD

Del Evangelio de Juan 10, 31-42.
En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo: «He hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los judíos: «No es por ninguna obra buena que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió: «¿No está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues, si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo por haber dicho: “yo soy Hijo de Dios”, a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo detener a Jesús, pero él se les escapó de entre las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.

Desde hace años, en mi casa me llaman Shynjo porque usaba una playera (la cual era mi favorita) con el nombre de un jugador de béisbol llamado Shinjo, de los Mets de New York.

Nunca me interesó investigar el significado de dicho nombre, sólo sabía que era japonés. Hasta hace algunos días descubrí su significado.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el pasaje evangélico de Juan?

Hace algunos meses me vi en una persecución similar a la de Jesús. Llevo ya varios años tratando (a veces con éxito, a veces no) de llevar la Buena Noticia de Jesús, a veces solo como un simple profeta, y últimamente como parte de una “comunidad” y como predicador.

Después de un tiempo de conocer la forma de trabajo de sus coordinadores noté que sus políticas y acciones eran contrarias a los criterios del mismo Jesucristo. Haciendo valer mi envestidura de profeta denuncié dichas irregularidades. Eso bastó para hacer enojar a sus directores. No me arrojaron piedras como en aquel tiempo, fueron más bien injurias, calumnias y mentiras hacia mi persona, de manera cobarde, sin dar la cara, como los fariseos que se envalentonaron en masa.

Sólo supe por algunos testimonios de verdaderos amigos parte de ésas mentiras. Me vi en la necesidad de huir, de borrar todo pasado para iniciar de nuevo. No fueron mis “obras buenas” las que molestaron a éstos fariseos del nuevo milenio sino mis palabras: descubrí sus verdaderos planes, sus verdaderos rostros, sus verdaderas intenciones.

De repente me vi a mí mismo casi solo. La mayoría de mis “hermanitos de comunidad” me olvidaron sin preguntar mi versión, si lo que de mi se decía era cierto. Seguramente resultaron más atractivas y convincentes las calumnias que acerca de mi se esparcieron por toda mi ex comunidad.

Y es que, la verdad descubre, revela. Para aquellos que traman sus planes en las sombras, la verdad es una luz que los ciega y que cala; echa a perder sus maquinaciones perversas. Y aquel que entra en su cuarto de penumbras con esa incómoda lámpara, se vuelve objeto de su odio, el objetivo de sus piedras. La gente podrá matar a los mensajeros, pero no al mensaje.

Actualmente yo me encuentro fortalecido por Dios en una nueva etapa, en un nuevo "Jordán" con nuevos hermanos, insistiendo y proclamando la salvación de Jesús, a pesar de las “pedradas”
Después de todo, si yo cargo la lámpara y los que viven en penumbras me arrojan fuera, yo sigo y seguiré caminando en y con la luz.

Cuando Jesús se ve acorralado por sus acusadores, se defiende tratando de hacerlos razonar, incluso con la propia ley. Pero para los fariseos, no hay ley que los detenga. Más aún, hace Jesús mención de sus milagros sin que a ellos les importe.

Y al tratar de echarle mano una vez más sin conseguirlo, Jesús huye. No huye porque no hubiera podido hacerles frente. Huye porque llevará esa Buena Noticia, esa lámpara a quienes sí estén dispuestos a recibirla, a los sedientos de luz que han sido sometidos y esclavizados en la oscuridad por los fariseos.

En su huida, Jesús es bienvenido en el lugar donde precisamente Juan el Bautista anunciaba la venida de Jesús como el único salvador, donde denunciaba las injusticias de esos mismos fariseos y además bautizaba a aquellos que querían una nueva vida, a aquellos que se arrepentían y volvían a Dios.

Ciertamente Juan el Bautista no hizo los prodigios que hizo Jesús (como lo dice el evangelio), sin embargo la gente reconoció por fin que TENÍA LA RAZÓN.

La misión del profeta no es ser reconocido como un mesías, sino que la gente reconozca y acepte que somos sus mensajeros: ANUNCIAMOS al verdadero mesías y que TENÍAMOS LA RAZÓN cuando gritábamos apasionadamente y con el corazón LA VERDAD; que somos (o fuimos) solo eso, transmisores o más bien vehículos de la verdad.

Por cierto, descubrí que mi nuevo nombre SHYNJO significa precisamente eso... VEHÍCULO DE LA VERDAD...

martes, 12 de abril de 2011

CON VISTA PRIVILEGIADA

Hace muchos años, fui en peregrinación a un lugar más o menos conocido. Es un cerro alto donde subir a pie hasta la cima, es el reto. Aunque también se puede subir en auto.

Quienes ya habían ido, me presumían sobretodo la magnífica vista que desde la cima se apreciaba. Lo que más los motivó a subirse, fue situarse en lo más alto y disfrutar del panorama. Ser de los pocos privilegiados en estar ahí. Porque ¡no cualquiera llega eh! bueno, en realidad quien se lo propone lo logra... no es tan difícil.

Es cierto, es sólo un cerro, no es el monte Everest, pero una vez arriba a nadie parece importarle porque la sensación ha de ser similar a subir el pico más alto…supongo.

Cuando yo subí hasta la parte más alta de este cerro, había un pequeño mirador desde donde se extasiaban todos los que estaban ahí.

Estando en la orilla de aquel sitio, el amigo que con insistencia me invitó a subir, me dijo: -¡a esto le llamo yo una “vista privilegiada”!-.

Yo me quedé mirando por un rato el horizonte y después le respondí: -Pues a mí no me parece tan privilegiada, no alcanzo a distinguir nada desde aquí arriba. En cambio, desde abajo, al menos percibo lo poco que me rodea. ¿De qué me sirve entonces estar en la cima? Además, desde aquí todos se ven como “hormiguitas”-.

Mi amigo volteó, me miró y después siguió viendo el panorama. Extendió sus brazos y siguió sintiéndose el “rey del mundo”, aunque ni siquiera fue el rey de aquel cerro, pues el gusto le duró hasta que nos pidieron que nos bajáramos para regresar. Nadie se puede quedar ahí para siempre.

Aquel cerro era una eminencia, es decir, una elevación del terreno con una altura considerable… sobresalía, pues. Inevitablemente, aquellos que subimos nos sentimos en algún momento también como eminencias, pero sin aceptar que la altura no era nuestra, es sólo que nos situamos encima del cerro y con eso nos sentimos más grandes. ¡Gran error! Siempre tuvimos el mismo tamaño que las personas que estaban abajo, y por más alto que trepemos, la eminencia sigue siendo el cerro. Es el terreno el que sobresale.

Lo mismo creo que pasa en nuestra vida con los conocimientos, los bienes materiales, la experiencia y el éxito profesional que buscamos o que hemos alcanzado. Llegamos a creer y defender la idea de que todo cuanto hemos logrado, ha sido sólo por nuestras capacidades, aptitudes y esfuerzo. Que lo que soy y lo que poseo se lo debo sólo a una persona, la más importante en mi vida, aquel que ha estado conmigo siempre y que me ha inspirado desde un principio, sí, ese ser maravilloso lleno de luz y sabiduría, soy Yo.

¡Qué ridículo!

Y con esta filosofía tan egoísta, aquellos que la creen y la practican, se justifican para decir que en efecto, su dinero, su experiencia, sus conocimientos, sus habilidades y capacidades, los colocan muy por encima de los demás.

Pero ya estando en la cima no distinguen ni entienden los motivos y las consecuencias de su pregonada “superioridad”. Este es el verdadero precio por estar en lo alto, que nada de lo que sucede abajo lo pueden entender, percibir o controlar por completo. No ven con claridad desde lo alto.

¿Cuántas cosas suceden abajo sin que se den cuenta los que están arriba? Y sin embargo, creen que nada se mueve sin ser detectado por ellos… ¡Ilusos! Todo lo contrario, existe todo un mundo acá abajo que ellos ni se imaginan. ¡Si tan sólo se dieran la oportunidad! Tendrían que bajar para conocerlo, pero la distancia les hace imposible el reconocimiento.

En cambio, permanecer abajo nos ayuda a percibir con mayor sensibilidad la realidad. La mía y la de los demás, no sólo aquello que me conviene extraer de ella. Estar en las alturas del conocimiento, de la sabiduría, del éxito económico, del estudio, etc., me confunde e implica volcarme contra los que a mí juicio no están a "mi altura" Me enfoco demasiado en mí.

Pero ¿Para qué quiero entonces estar en lo alto? ¿Para ver pequeños a los demás? ¿Para gritar a otros desde arriba lo mucho que sobresalgo y ellos no? ¿Para ver y entender lo más posible pero sin estar ahí, sin involucrarme, sin ser parte de ello? ¿¡Para ver a todos como "hormiguitas"!?

No tiene sentido creer que soy el rey del mundo sólo por haberme subido a un cerro, porque llegado el momento, me bajarán y entonces tendré que volver al lugar de donde vine y al cual pertenezco: a abajo.

Subir, como vivencia está bien, al menos ya puedo platicar que la experimenté. Pero si por sentirme por encima de todos, voy a humillar, someter, empobrecer, cometer injusticias o arbitrariedades, creo que estoy mejor acá. Debo entonces lograr lo más posible pero sin causar daños colaterales ni perjudicar a nadie. Lo poco o mucho que sea o logre tener en esta vida, que sea sin "cargos de conciencia".

Jesús nos invita a sobresalir a su modo –al revés del modo humano-, que los que quieran ser los primeros, se hagan los últimos. Esas personas que usen sus logros y capacidades para trabajar primero por el bien de los demás antes que por el suyo, ellos serán las verdaderas eminencias. Las personas que sirven, que asisten, que son humildes, que comparten sus conocimientos, que no explotan ni abusan de otros, quizá ya no serán eminencias ante los ojos de los hombres, pero lo serán ante los ojos de Dios.

La verdad, yo estoy mejor aquí abajo.

martes, 29 de marzo de 2011

LOS CHISTES EN EL VELORIO

¿Cuántos de nosotros no hemos sido testigos o quizá partícipes de los famosos “chistes en los velorios”? Sí, ese jocoso momento que se aprovecha para divertirse en un funeral. Momento de broma y burla mientras otros realmente sufren una dolorosa pérdida.

¿Por qué contamos chistes o nos reímos en un funeral? Podría responderte que por algún tipo de reacción inconsciente que me permite escapar del dolor… pero no es cierto. La verdad es que no siento pena ni me interesa mucho el dolor de los demás. Sin embargo, a pesar de no mostrar respeto en los velorios, ¡no falto a ninguno!

¿En cuántos funerales no habrá sido incómoda o indeseada mi presencia? Quién sabe. Y lo peor es que yo tampoco he disfrutado de asistir a ellos.

Creo que si no sentimos un genuino dolor o si no mostramos al menos respeto por el fallecido o los deudos, no deberíamos acompañarlos en tan desagradable momento.

Quizá mi insensibilidad en los funerales se deba a tres motivos:

1. Porque en realidad no conocía al muerto.

2. Porque en realidad no me importaba el muerto, aunque lo conocía.

3. Porque en realidad no lo conocía, ni me importa que hoy esté muerto.

Creo que en este tiempo de cuaresma y semana santa, a muchos nos pasa lo mismo. No entendemos las tradiciones, los ritos y preceptos de esta temporada de luto. El tiempo de cuaresma y semana santa, se nos presenta como ideal para la reflexión y la mortificación, y año con año se nos “invita” a guardar el luto por la pérdida más grande que ha sufrido la humanidad: la muerte de Jesús.

Jesús es ese muerto que nos ponen a velar cada año a todos –los que se dejen-, lo conozcamos o no, nos importe o no, nos duela o no. Las tradiciones y preceptos a observar para cumplir en este tiempo, no son más que los fallidos intentos de nuestra Madre iglesia, para “obligarnos” a hincarnos y llorarle a nuestro Hermano bueno. Que dicho sea de paso, murió por nuestra culpa. Esa Madre que cada año disfruta echándonos en cara que nosotros lo matamos.

Aunque nuestra insensibilidad, rebeldía, apatía y falta de respeto en el funeral, tampoco se justifica con nada. Yo diría que si no lo conoces y/o no te importa su muerte, mejor ya no asistas a su velorio. No estás sujeto y nadie puede obligarte a sentir la pérdida de alguien a quien ni siquiera sabías que existió.

Por otro lado, un funeral tampoco se puede realizar cada año ¿no es cierto? Al menos no para una misma persona. Sólo se vive una vez, por consecuencia, sólo se muere también una vez.

Y Jesús ya murió.

Después de velar a un muerto, se le sepulta. Pero a diferencia de los otros muertos, Jesús murió, fue sepultado, resucitó y subió al cielo. Esa es la gran diferencia. Así que ya no debemos seguir de luto pues murió hace ya miles de años… es hora de superarlo.

No debemos revivir su sufrimiento y su muerte atroz cada año, no tiene sentido, nada podemos hacer al respecto. Debemos recordar su sacrificio no por la manera en que murió sino por la manera en que vivió. Esa fue su última voluntad.

Yo hace algunos años experimenté la muerte de mi papá, por lo tanto, ya no hago chistes en los funerales ni me río de ellos. Creo que no fue hasta que me sucedió a mí que me di cuenta de lo desagradable que es ver reír cuando tú lloras. Por eso ahora me parece tan ridículo que la muerte de alguien tan querido, sea recordada con detalles macabros y sangrientos cada año. Si creen que con eso lo valoramos más, están en un error, solamente logran que cada año nos duela menos y nos acostumbremos más.

Yo a Jesús y a mi papá los valoro por lo que me enseñaron, no por lo que su muerte trajo a mi vida, que fue sólo sufrimiento. Yo ya lloré lo que tenía que llorar.

No creo que a ellos les haya gustado la idea de que cada año yo me pusiera a sufrir y a revivir los detalles morbosos de sus muertes, a fin de cuentas, eso ya pasó y eso no les beneficia en nada a ellos. No tiene sentido tampoco hacer representaciones ni mortificarme por algo que ya está superado. Podría retroceder si me detengo demasiado en el pasado.

Jesús no murió por mi culpa, murió por mi y para mi; murió por que llevó el amor hasta las últimas consecuencias. Y yo no lo maté, murió voluntariamente en el cumplimiento de lo que su Padre le encomendó: traer la salvación al mundo y anunciar el evangelio.

Así es que al menos yo, ya dejé de culparme por su muerte, ahora más bien me responsabilizo de seguirlo y de practicar su mensaje: de que su sacrificio no sea en vano.

Porque lo más importante es que no debemos llorar a un muerto sino seguir a un vivo… ¡Jesús está vivo!

Cuando alguien muy cercano y amado muere, hay que “cerrar ciclos” para así poder mirar hacia delante otra vez y continuar con nuestro camino. Yo ya terminé mi luto y cerré ese ciclo, ahora, ya más tranquilo, recuerdo a esos dos seres amados, y lo mucho que me enseñaron.

Y tú en esta cuaresma y semana santa… ¿Cuentas chistes en el funeral? ¿Sigues llorando al muerto? ¿O ya vives la resurrección?

miércoles, 23 de marzo de 2011

¡QUÉ JÓVENES NOS VEMOS!

Hace algunos días alguien me dijo: “¡Oye, hoy te ves muy juvenil!” Yo, extrañado y a la vez indignado, le respondí: ¿¡Pues cuántos años crees que tengo!? “Todavía soy joven” –pensé dentro de mí-.

Él, al ver mi reacción, me observó de arriba abajo y respondió: “¿Treinta?” Claro que dada la respuesta yo sonreí pues sentí que de verdad lucía más joven. Nunca le dije mi edad.

El problema vino cuando me hizo la misma pregunta: “Y tú ¿Cuántos años crees que tengo yo?” Yo juraba que no tenía menos de cincuenta años, pero no iba a decírselo pues temí que se sintiera viejo por representar su edad. En cambio, le respondí: “¿Cuarenta y dos?” También sonrió y me dijo feliz: “Voy a cumplir cincuenta y uno este año… ¡Ves que jóvenes nos vemos!”

El orgullo de parecer más joven se me borró de la cara al darme cuenta que quizá los dos nos estábamos engañando por la misma razón. Él temía que me ofendiera y por eso me calculó treinta y yo igual le calculé cuarenta y dos.

Más nos vale entonces ser honestos a los dos, si es que queremos vivir en la verdad.

De nada nos sirvió adularnos y engañarnos, al contrario, mentirnos entre sí generalmente nos impide recibir por parte de otros la oportunidad de analizarnos y revisarnos, a través de sus opiniones. Darnos cuenta de cómo es que los demás nos ven, me da una idea de cómo me perciben y si tienen razón en lo que piensan de mí.

Pero la edad al igual que muchas otras cosas, es relativa. Si comparas mi edad con la de una tortuga de 150 años, pues soy apenas un niño. Pero si me comparas con una mosca que vive algunos meses, pues entonces soy tan viejo, que ya estoy viviendo “tiempo extra”.

Primero necesito que yo, siendo humano, debo ser comparado con otros humanos. Y para que alguien pueda determinar entonces si soy joven o no, necesita un dato preciso: mi fecha de nacimiento. Sólo si la gente sabe que nací en el año de 1975, podrá determinar mi verdadera edad al día de hoy.

Jesús, así como nuestra fecha de nacimiento, es el indicador que despejará cualquier duda o error a la hora de comparar nuestro comportamiento y modo de pensar. Ya no será relativa nuestra percepción, ahora con este “dato preciso”.

Jesús establece con su Palabra y obras, el modo correcto para que nosotros llevemos nuestra vida de la mejor manera posible. Él quiere que todos seamos felices y nos salvemos, por eso, cuando nuestras acciones o ideas son analizadas o denunciadas con base en la Palabra de Jesús, eso nos da la oportunidad de retomar el camino correcto si nos hemos desviado. Sólo hablando con la verdad es que conoceremos aquello a lo que Jesús se refería con instaurar el “Reino de Dios” aquí en la tierra.

Claro que el modo de ser honestos al decir la verdad, también debe hacerse a la manera de Jesús. Aunque muchos fallamos al hacerlo. Y no es que sea inevitable, es más bien que la naturaleza de Jesús parece tan contraria a la nuestra, que algunos nos dejamos llevar por la propia. El criterio de Jesús implica más trabajo, pero es el correcto.

De la importancia de hablar con la verdad y actuar conforme a la verdad, sigue hablarla con amor, respeto y prudencia. Y ¡Cómo cuesta! Porque creo que para Jesús “el fin no justifica los medios”.

Así pues todos debemos cuidar el modo de decir la verdad y también debemos cuidar el modo en que la recibimos. Las dos son importantes.

Por eso es que todos debemos estar alertas y abiertos a decir la verdad y también a aceptarla, sólo así podremos corregir lo que está mal y no vivir engañados, sólo por temor a ofendernos, o porque estamos más cómodos en la ilusión. Como cuando nos calculamos menos edad unos a otros.

Algún día, basados en la verdad –Jesús-, quizá todos lleguemos a decirnos nada más y nada menos, la edad que realmente tenemos…

Sin resentimientos.

sábado, 12 de marzo de 2011

¿ARMA O HERRAMIENTA?

Del Evangelio según San Mateo 4, 1-11.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes." Pero él le contestó, diciendo: "Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras."" Jesús le dijo: "También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios.""

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: "Todo esto te daré, si te postras y me adoras." Entonces le dijo Jesús: "Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”" Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían”.

En este pasaje del evangelio nos encontramos una batalla excepcional: el Bien supremo contra el mal. Un emocionante encuentro en el que tanto Jesús como Satanás, utilizan un arma y una defensa en común: La Palabra de Dios.

Jesús es tentado en un momento en que, su humanidad se ve debilitada: siente hambre después de pasar 40 días en el desierto. Es entonces, en ese preciso instante de vulnerabilidad donde se hace presente el tentador. Es como un animal al que le encantan las grandes presas, mayores que él, y sobre las cuales sólo tendrá oportunidad de éxito si se ven disminuidas o enfermas. En aquel entonces, al igual que hoy.

Me sorprende el atrevimiento del diablo para acercarse a tentar a Jesús, el Hijo de Dios. El diablo no se deja intimidar por nadie como se deja ver en esta ocasión y está atento a cualquier señal de oportunidad para atacar. Él no tiene nada que perder.

Jesús por su parte, va al desierto como preparación para su gran misión: La Salvación de la humanidad. Sabe a lo que se enfrentará, sabe a lo que estará expuesto, sin embargo se sabe amado por su Padre y tiene un arma secreta: La Palabra de Dios.

Pero, el Diablo tuvo la misma idea, atacar con esa misma “arma”, y además lanzarse a atacar con una seguridad atribuida sin duda alguna al perfecto conocimiento de la Palabra de Dios, pues ha tenido todo el tiempo para memorizarla. Y es que, un embaucador y tramposo como él, conoce bien todas las estrategias de guerra y su arma más poderosa es sin duda esa habilidad de blandir tan poderoso artefacto.

Satanás tergiversa la Palabra de Dios para conducirnos al pecado. Lo “adereza” de tal modo que, aún al más conocedor de la Biblia (o religioso, o predicardor, o sacerdote, o ministro, o Pastor, o parroquiano...) le parece atractivo y hasta “legal” cometer pecado. Satanás lo hace parecer como algo bueno, atractivo, necesario, y hasta divino.

Jesús tuvo, tiene y seguirá teniendo la ventaja sobre él porque ÉL ES LA PALABRA. A diferencia de Satanás, Jesús no sólo domina las escrituras sino que las vive, las hace realidad y ellas se hacen realidad en Él, en Él tienen su cumplimiento, y no hay Palabra más importante que Él.

Ésa es la gran diferencia entre usar a la Palabra de Dios como un arma mortal o como una herramienta de vida, una que sin duda nos ayudará a alcanzar la felicidad, si seguimos el “instructivo” adecuadamente.

La clave para que sobrevivamos a las tentaciones y nos libremos del pecado, no sólo en estos tiempos de cuaresma y semana santa, sino a lo largo de toda nuestra vida, es esa: vivir la Palabra más que recitarla o aprenderla de memoria.

Y es que parece que muchos cristianos estudiamos la Biblia no para que rija nuestras vidas sino como quien se instruye para dominar un arma, y después salir a usarla.

Persiste la idea de que, esa batalla se libra todavía hoy: la batalla entre Jesús y el Diablo. Pero ya no hay guerra, ya terminó.

Esa primera batalla en el desierto la perdió Satanás y la guerra definitiva fue ganada en la cruz y sellada con la resurrección de Jesús. Aún así, nos empeñamos en “luchar” entre nosotros mismos por ver quien “domina” mejor la Palabra de Dios, como si todavía estuviéramos en guerra. O peor aún, usamos a la Biblia para abusar y someter a otros bajo un yugo al que nos atrevemos a llamar “divino”.

Jesús se enfrentó a Satanás para LIBERARNOS y venció por nosotros. Para hacer nuestra esa victoria tenemos que hacer nuestra vida como la suya, porque Él es LA ÚNICA, ÚLTIMA Y DEFINITIVA PALABRA DE DIOS, es la única manera de resistir los embates y las tentaciones del mundo.

Pero el diablo sabe confundir bien y hace que nuestros instintivos deseos de lucha, competencia y conquista, nos lleven a creer que Jesús necesita soldados. Jesús necesita amigos que instruyan a otros acerca del verdadero sentido de su Palabra: dar vida, no dañar o juzgar a otros. No es un arma de ejecución, ni de conquista violenta, es una herramienta de edificación, una “constitución” que, de ser usada correctamente aplicará justicia y traerá paz pero, si es distorsionada y usada de mala manera traerá conflictos, desesperanza y hasta la muerte...

¿Cómo vas a usar tú la Biblia de hoy en adelante?