domingo, 26 de septiembre de 2010

ESCUCHEMOS A LOS PROFETAS

*Reflexión del evangelio de Lucas: 16, 19-31

Según esta lectura del evangelio, a Jesús no le gustan los pretextos, por eso en esta historia del "pobre Lázaro" que dijo a los fariseos, les cuenta y nos cuenta a todos como la insensibilidad de los ricos ante la necesidad y el sufrimiento de nuestros hermanos, tiene sus consecuencias. ¿Cuáles? Gozarán mucho en esta vida, pero sufrirán después. Jesús nos hace una invitación a escuchar a los profetas, para que después no pongamos el pretexto de que no fuimos advertidos.


Pero ¿por qué Dios manda profetas? Si Dios piensa juzgar los actos y palabras de los hombres, primero debe dar a conocer los criterios en los que se basará para juzgarnos. Aunque si hay o no absoluciones al final, eso ya es asunto suyo.

Por lo pronto, es primordial para nosotros los mortales saber cómo espera que actuemos y vivamos, para así librarnos de un castigo. Como dicen: "sobre aviso, no hay engaño." Alguien debe ser el portavoz de lo que Dios alguna vez dijo, porque Dios, es un hecho que no nos habla a cada rato. Todos somos testigos de eso porque ¿cuántas veces te has sentido abandonado por Dios? ¿Cuántas veces has sentido que Dios está ausente de este mundo?

Pero no es que Dios se ausente, más bien creo que nosotros actuamos como si Él no estuviera. Por eso siempre ha sido necesario que alguien nos guíe de regreso, cuando nos hemos salido del camino o tomamos otro distinto. ¿A cuál camino debemos regresar? A Jesús.

Pero Dios no podía confiar y revelar la verdad –su Hijo y el evangelio- sólo a una institución o comunidad, porque los grupos y las instituciones tienen sus propios vicios y debilidades por más puras que inicien. Porque entre más congregados haya, más diluido se ve el motivo y el propósito que dio origen a dicha congregación. Pero es normal que esto suceda, y por supuesto, Dios lo sabía.

Aún antes de la venida de Cristo, Dios necesitaba individuos que prepararan el camino del redentor, individuos que no se dejaran corromper por el dinero, los honores, las comodidades y las adulaciones, para que su mensaje y posteriormente el de su Hijo, no se vieran comprometidos o adulterados. Por eso mandó individuos, individuos que trabajaban solos -con la ayuda de Dios- llamados “profetas”. Que no hacen otra cosa mas que recordar o dar a conocer al verdadero Dios y lo que requiere del hombre. Y el trabajo del profeta no es ser escuchado sino sólo repetir lo que Dios ya ha dicho. Pareciera según la historia, que la labor profética de estos sujetos termina siempre en el rechazo, el destierro o el martirio, pero no es así, su labor termina cuando dice lo que debía decir. Lo demás son secuelas del ser profeta, no requisitos.

Todos sabemos que el profeta de profetas es el propio Hijo de Dios: Jesús el Mesías. Así que los profetas posteriores a Jesús, deben aprender sólo de Él y profetizar basados nada menos que en su palabra y obras.

Dios en la antigüedad y Jesús en la modernidad, nos piden que escuchemos a los profetas, pero ¿Cómo distingo a un profeta de un charlatán?

Yo creo que, basado en el evangelio -la Palabra del maestro profeta- un verdadero profeta debe VIVIR:

SIN DINERO:
Son pobres. No son asalariados ni comisionistas de ninguna institución o comunidad, y aunque pertenezcan a alguna no le sacan provecho económico. No pueden hacer mucho dinero dada su clara concepción de lo que es justo, por eso no son exitosos empresarios ni astutos negociantes porque no quieren pisotear ni oprimir a los demás.

Las carencias entonces, los ayudan a madurar y los acercan más a los necesitados para solidarizarse. No los pueden ayudar mucho en eso, pues tampoco tienen dinero, pero abogan por ellos alzando la voz ante las injusticias y los atropellos que se les cometen. No disfrutan de comodidades y como no reciben ni admiten pesos -o dólares- por hablar de Dios, no pueden vivir de ello. Por eso su anuncio o sus intervenciones, suelen ser ocasionales. ¿Por qué deben ser pobres? Porque el dinero compromete su misión.

SIN PODER:
No gozan de autoridad ante los sabios e instruidos para enseñar o denunciar. De inmediato se les minimiza o desacredita y se les llama "locos", "enemigos" o "herejes". No tienen amigos poderosos pero tampoco les importa tenerlos, no salen en fotos con personajes importantes ni se dejan deslumbrar por su fama o apariencia. No tienen contactos que les devuelvan favores o les paguen con influencias o privilegios. Se mueven en todos los círculos sociales sin sentirse menos y sin sentirse más, se dedican a servir y sólo hacen su trabajo.

¿Por qué no deben ser poderosos? Porque el poder corrompe su misión.

SIN CADENAS:
Jesús es la verdad que nos hace libres, y con el mensaje de Jesús, el profeta intenta liberar de las trampas y mentiras a aquellos que creyeron que les mostrarían la verdad. Viven sin creer ni someterse a reglas que no son acordes a Jesús ni al evangelio. No les interesa aparentar nada ni ser reconocidos, y el día que no son bienvenidos en algún lugar, simplemente se van. No le desean mal a nadie pues ellos cumplen con anunciar y denunciar, lo demás le corresponde a su patrón : Dios.

Y ¿Por qué deben estar desencadenados? Pues para que puedan desencadenar a los demás.

La labor del profeta es regular y procurar un equilibrio por medio del anuncio y la denuncia que trae el evangelio. Su misión no es arreglar el mundo sino más bien hacerse responsable por el conocimiento de la verdad y proclamarla, darla a conocer. ¿Y qué es la verdad? Aquello que Jesús proponía para mejorar el mundo y poder estar al final con él.

Jesús y su Palabra nos brindan una clara forma de vida que a todos nos ha de llevar a buen término de llevarla a cabo. Por eso, ante la situación mundial llena de injusticias cometidas por los ricos, es importante escuchar a los profetas... porque así como nos lo muestra el evangelio: a Jesús no le gustan los pretextos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA TIENDITA

Últimamente me ha llamado la atención una nueva estrategia en la atención a clientes en diversos establecimientos que prestan servicios o venden algún producto. Conocidas comúnmente como “tienditas”.
Y es que me he encontrado con letreros que rezan lo siguiente:

“Si el cajero no le entrega el ticket, su compra es gratis”, o

“Si no recibe su ticket, repórtelo a la gerencia”, o

“Si no le atienden como se debe, repórtelo al tel: ...”

“¿Malos tratos? Denúncielo al tel: ...”

incluso uno sobre autos o camionetas empresariales que dicen:

“¿Qué tal manejo?” “Reporte Descortesías de tránsito al tel: ...”

Sin duda obedecen a una problemática específica: los abusos de autoridad o malos usos por parte de los empleados o encargados de un negocio o empresa. Son muchas las formas en que estos últimos sacan provecho de manera ilegal de una empresa o institución que los emplea, robando el dinero de las cajas, sustrayendo productos, alterando precios, maltratando herramientas, etc. Todos ellos son asalariados.

El encargado, gerente o quien esté a cargo, es el que debe dar la cara, porque es la cabeza de dicha empresa, negocio, organización o institución.

Así que, si hay irregularidades económicas, por ejemplo, es el encargado quien tiene que responder, resolver y aclarar dicha situación. ¿Porqué? Pues porque si no lo hace, quien queda como un ladrón será él. Además será uno de los principales perjudicados, verá su ganancia y su imagen mermada a corto o largo plazo.

Ojalá en todas nuestras instituciones se aplicara ésta “Filosofía de Tiendita”. Por ejemplo, en todas las iglesias y asociaciones religiosas.

Muchos de los recientes problemas por los que atraviesa la iglesia católica en concreto, se hubieran prevenido y evitado si en los templos, por ejemplo, en el asunto de los abusos sexuales por parte de sacerdotes a niños, se hubiese aplicado lo anterior. Imagina un letrero en las puertas de los templos que dijera:

“¿El sacerdote de este templo ha incurrido en alguna falta a la moral? Repórtelo con el obispo de su localidad.”

“¿Tiene duda de cómo se gasta su limosna? Consúltelo en la página web de su parroquia.

“ Sus comentarios nos interesan, por favor escríbanos a:”

Es cierto, sería algo radical y caeríamos casi en el fariseísmo. Bastaría conque las autoridades eclesiásticas escucharan, previnieran y dieran solución a éstas cuestiones en cuanto sucedan, a la primer señal y no cuando el problema ya se ha vuelto un escándalo universal. ¿Dónde están nuestros “gerentes”, esos que velan por los derechos de los “consumidores” como en las tienditas? ¿Dónde está el “encargado” que salga a dar la cara por la institución y no sólo ofrezca disculpas –a veces falsas y obligadas- sino también dé solución y aplique la justicia de la que Jesús tanto habló?

Como iglesia: ¿estamos dando la cara y haciéndonos responsables por éste tipo de abusos?

No me explico porqué habiendo tantos testigos de dichos abusos y crímenes, no se hizo nada. Estoy seguro que hubo quienes no estuvieron de acuerdo e hicieron lo posible por denunciarlo, por parar esas injusticias, pero no se los permitieron, tal vez amenazados o intimidados. Otros quizá fueron cobardes y no quisieron perder sus privilegios.

Si eres testigo de dichos abusos y no lo denuncias, eres cómplice. Decir la verdad no es “atacar” a la iglesia, aunque sea igual de doloroso que un ataque. Necesitamos ser profetas, vigilar y cumplir la ley no sólo la de los hombres sino la de Dios.

Y no sólo hablo de la iglesia jerárquica, sino de los que nos hacemos llamar evangelizadores, ministros de la comunión, catequistas, religiosos, predicadores, etc.

En nuestros propios grupos o comunidades hemos hecho quedar mal a nuestro fundador: Cristo. Somos como los discípulos cuando querían decidir quién se acercara al maestro (Mc. 10, 14) y quien no. O como los que quisieron hacer llover fuego contra aquellos que no recibieron a Jesús (Lc. 9, 54).

Damos anti-testimonio, y manchamos poco a poco su reputación logrando que nadie quiera acercarse a la iglesia.

Sin duda, habrá que hacer una revisión exhaustiva del porqué se están perpetrando éstos y muchos otros abusos y reestructurar lo que haya que reestructurar, pero por lo pronto, alguien tiene que dar la cara y defender a tantas víctimas que han sido abusados por simples “empleados” que no representan ni el espíritu ni la esencia verdaderas de su fundador.

Ése es el papel de todos y cada unos de los líderes, ya sea obispos, sacerdotes, coordinadores, “madres y padres superiores”, etc.

Porque, estamos alejando a las ovejas del corral y ¿sabes qué? ¡NO SON NUESTRAS!

Son de Jesucristo y, no me gustaría que llegara a nuestra “tiendita” y se diera cuenta de que hemos estado haciendo mal uso de nuestro puesto, de nuestro ministerio. A final de cuentas, Jesús dará la cara y reparará el daño que nosotros hicimos al “cliente” y les ofrecerá todas las garantías. Nosotros, por otro lado, no nos salvaremos de un buen regaño como los que dirigió en su momento a los fariseos y sacerdotes de su tiempo.

Así que, apliquémonos y atendamos bien nuestra “tiendita”, porque algún día tendremos que entregarla y dar cuentas al verdadero dueño.

viernes, 17 de septiembre de 2010

SECUESTRO BICENTENARIO

Nuestro país actualmente está padeciendo una ola criminal en ascenso. Particularmente los secuestros, ocupan un espacio y cobertura especiales en los medios de comunicación que es realmente perturbadora. Y con ocasión de la celebración del bicentenario, creo que el enemigo sigue siendo el mismo, después de 200 años: La opresión. En sus diferentes modalidades. Pero ante esta crisis económica y de seguridad, yo me atrevería a lanzar el siguiente cuestionamiento: ¿Quién secuestra a quién?

¿Son las personas pobres, de pocas oportunidades, estudios mínimos y conformes pretensiones, las que se convierten en secuestradores? Por supuesto que no, más bien son ellos los condenados a ser sus víctimas mientras duren sus desafortunadas vidas. Pero ¿Qué no son los ricos y millonarios el objetivo de los secuestradores? O ¿De qué clase de secuestro estamos hablando?

Hay otra clase de secuestro, que no es considerada como tal y además la ley no la define como un delito, sin embargo creo que lo es.

Es un verdadero secuestro aquel que cometen la mayoría de los empresarios con sus empleados. Sí, pues cobijados en la ley y el pretexto de la globalización o la crisis, muchos empresarios oprimen a trabajadores de “perfil bajo” o de pocos estudios, abusando de ellos por su necesidad e ignorancia.

¿Qué tan doloroso es que secuestren e incluso den muerte a un hijo, un padre o un miembro de nuestra familia? Más de lo evidente y el daño siempre es irreparable. Pues así también es un verdadero secuestro el que viven a diario millones de obreros y trabajadores mexicanos, que por sus precarias condiciones y prestaciones laborales, son privados del progreso.

¿Cuántos trabajadores han visto morir a familiares por falta de atención médica, pues sus patrones les hicieron creer que tenían seguro médico? Los engañan.

¿A cuántos los “sub-contratan” para no generar antigüedad y así no recibir jamás una pensión, ni tener casa de interés social? Los despojan.

¿A cuántos les depositaron en sus tarjetas de débito, quincenas incompletas por jornadas extenuantes, horas extras y días festivos mal pagados? Les roban.

¿Cuántos han estado inconformes pero impotentes, ante la ridícula suma que les dan de “participación de utilidades?” Los amordazan.

¿Cuántos viven atemorizados en colonias marginadas, riesgosas y peligrosas, porque sus bajos ingresos les impiden habitar en un lugar mejor? Les privan de su tranquilidad.

¿Cuántos son alejados de su familia por los horarios extensos y flexibles que no permiten la convivencia ni la educación en valores familiares? Los alejan de su familia.

¿Cuántos han agredido física o psicológicamente a su familia, ante la desesperación de que el sueldo no alcanza para lo mínimo? Los orillan a la locura.

¿Cuántos han sido víctimas de contadores o abogados sin escrúpulos, quienes maquinan toda clase de tretas en perjuicio del pobre, a favor de la empresa y “a hurtadillas” del fisco? Les esconden la verdad.

¿Cuántos son expuestos a negligencias y riesgos físicos y de salud, sin que se les proporcione el equipo y la protección adecuada? Les mutilan y dan muerte.

Estas son las secuelas que vive el empleado, de la privación diaria de oportunidades para mejorar su calidad de vida, son tan parecidas a las que viven los ricos al ser secuestrados, sólo que los pobres llevan toda la vida así. Y mientras no se deje de oprimir a los pobres con esta clase de secuestros, ni se aplique verdadera justicia social y laboral con estos secuestradores –empresarios-, México va a ser un paraíso para quien sólo porque tiene el poder y la habilidad de despojar, lo va a hacer.

En algunos medios de comunicación, he escuchado también a conferencistas y empresarios además autodenominados “católicos o cristianos”, que hacen gala de su gran religiosidad y piedad por los pobres al darles un empleo.

¡Muchas gracias, ¿qué haríamos sin ustedes?! Son tan bondadosos. ¡Y sin recibir casi nada a cambio! Eso nos hacen creer, pero basta conocer los fraccionamientos donde viven, sus casas, sus autos y sus hábitos, para descubrir que sus fortunas no pueden ser justas o bien habidas. Es necesario pisotear y oprimir a muchos, para tener y gozar de tanto.

Tú, que eres un caritativo empresario católico o cristiano... Dime cuánto les pagas, y te diré para quien trabajas. Porque sólo hay dos patrones.

A mí no me digas que les das trabajo, porque yo sé que los esclavizas. A mí no me digas que los ayudas, porque yo sé que les pagas poco y sin prestaciones. A mí no me digas que eres muy bueno y además eres cristiano, porque yo sé que lo que haces con ellos no se lo harías a Jesús... si lo conocieras.

Y no puedes ni debes denominarte católico o cristiano, mientras robes. Aunque sí puedes llamarte empresario, pues es lo que generalmente hacen.

Podrás pagarte una misa de acción de gracias e invitar al Señor Cardenal para presidirla, celebrada con toda la pompa y realeza que les gusta; podrás también sentir ante Dios que estás cumpliendo con las migajas que das, pero la verdad es que utilizas a los necesitados para hacerte cada vez más rico y hacerlos a ellos cada vez más pobres.

Si es cierto que 8 de cada 10 empleos, son generados por empresas, quiere decir que ellas son las responsables del 80% de la miseria actual y del 80% de las personas que en algunos años, no tendrán futuro. No tendrán pensión, no tendrán casa –ni siquiera de infonavit- no tendrán seguro... ¿De qué vivirán, quien los curará cuando enfermen o quien los cuidará cuando envejezcan? Entregaron su edad laboral a una empresa que no les dio lo que era justo.

Las empresas se plantean a sí mismas como estructuras robóticas o seres autónomos para deslindarse de su responsabilidad social, como si una empresa no fuera mas que un negocio manejado por simples seres humanos codiciosos.

Quizá si los empresarios ventajosos no se enriquecieran tanto con estas “legales injusticias”, no serían un blanco tan fácil y atractivo para los otros secuestradores –los que salen en las noticias-.

Y con motivo del bicentenario, quiero creer que un México más justo para todos y con oportunidades reales de progresar, sería la más sensata y a la vez la más loca manera de combatir a la delincuencia de manera medular. No habría tantos ricos, pero ya no habríamos pobres. Ya llevamos 200 años secuestrados.

Creo que para que todos pudiéramos progresar, el sueldo de un trabajador debería ser directamente proporcional al esfuerzo físico y/o intelectual que realiza. Te parece descabellado ¿verdad?... A mí también.

¿Que viva México? ¡Cabrones!

jueves, 9 de septiembre de 2010

¿QUE CLASE DE HIJO SOY?

Del Evangelio de Lucas, 15, 11-32.
Sin duda la parábola conocida como del "hijo pródigo", es de las más difíciles no sólo de entender sino de aceptar. Muy polémica, pues en ella Jesús nos presenta a Dios en la figura de un Padre, que parece tener preferencias o criterios disparejos con los hijos que hacen lo que les viene en gana. Sin embargo, lo conveniente o no de esta manera divina de proceder del Padre, depende de con cual de los dos hijos me identifico. Cada vez que la leo o que la mencionan, generalmente me sitúo en el papel del hijo fiel, aquel que siempre ha servido a su Padre y que no ha tenido ni siquiera un mugroso cabrito para comérselo con sus pocos amigos. Claro que a los que se identifican con el hijo despilfarrador, seguro les reconforta saber que antes que el rechazo del Padre, les espera casi un premio sólo por regresar en harapos y sin un centavo. Y digo que los premia sólo por regresar, porque nunca menciona la parábola, que el hijo pródigo se arrepintió, más bien el hambre lo orilló a regresar y no el amor por su Padre.

Sin embargo, por parte del Padre, no hay reproches e incluso sale a su encuentro apenas lo divisa. Para mí, en un principio era una encrucijada con sólo dos veredas, sentirse el hijo fiel o sentirse el otro.

Pero ¿Por qué no concentrarme ahora en el papel del Padre? Creo que para mí -y para Dios- no hay provecho en sentirme bueno ni malo, en cambio sí hay provecho en perdonar, olvidar y celebrar, como lo hizo el Padre. Y así en este mismo orden.

Porque si me sitúo en el lugar del hijo bueno, también caigo en el error de creerme bueno, y llego a pensar que servirlo fielmente me da derecho a exigirle algo, pero sólo cuando veo que a otro se lo dio. Y lo que en realidad era un regalo, para mí parecía un premio.

Verás, yo considero que Dios es el dueño de todo. Y a quien hizo y posee todo, no se le puede decir qué hacer con lo que siempre ha sido suyo. Porque él es el dueño y a mí en realidad nada me pertenece -aunque él diga que lo suyo también es mío-.

Tratar de hallar lógica en el proceder de Dios, o en su concepto de justicia, no me convierte en un malagradecido, es en parte porque quiero entenderlo, complacerlo y de paso, sentir que lo estaba haciendo bien. Lo malo es que trato de entender su justicia pero no su misericordia, eso es porque me siento el hijo bueno y creo que no la necesito.

Pero antes de echar a perder la fidelidad y el servicio que le he dado a mi Padre -con reclamos y exigencias- primero debo saber y aceptar lo que realmente espera de mí como hijo. Creo que Dios quisiera que yo estuviera más contento, sin importar como trata a los demás, a fin de cuentas me ama, aunque no me haga fiesta.

Porque viéndolo bien, Dios parece disparejo pero no es así, es sólo que todos somos muy distintos, y hay personas que fácil entienden la diferencia entre el bien y el mal –los que entienden- y hay otras que cometen muchos errores a fin de medio comprender la importancia de portarse bien –los que necesitan entender-. Por eso, Dios espera que los hijos que le son fieles, valoren que estar junto a él y servirle es en sí la retribución que exigen. No existe mejor retribución por mi servicio, que tenerlo como Padre. No es la herencia, los anillos, las vestiduras, ni tampoco un mugroso cabrito o un rechoncho ternero... el verdadero premio, paga o reconocimiento es permanecer a su lado.

Que el hijo despilfarrador haya tenido que cometer tantos errores, para darse cuenta de lo que el otro siempre supo, ya es motivo de desventaja y compasión. El hijo fiel nunca habría sido tan tonto como para arriesgar su vida, la seguridad y la tranquilidad que le brindaba trabajar para su Padre. Por eso el hijo fiel siempre fue más afortunado, porque supo desde un principio lo que estaba bien y lo llevaba a cabo. Aunque todo eso le pesó al ver feliz a su Padre por la llegada de su hermano. En cambio, el hijo pródigo, aún con el recibimiento y la fiesta que le hizo su papá, quizá no haya aprendido la lección. Pero eso ya no debe preocuparme, lo importante es que está en casa, que mi Padre está feliz y que debo unirme al festejo.

¿Cuántas personas han tenido que equivocarse años para aprender una sencilla lección? No importa lo mucho que padres, hermanos y amigos, le hayan enseñado el camino o le hayan advertido de los peligros del mundo.

¿Cuántos hay todavía por ahí, lejos o no tan lejos, cometiendo por años errores tan graves? ¿Cuándo llegará el día en que aunque sea por hambre, regresen esos hijos con sus padres y los hagan felices? O peor aún ¿Cuántos hijos han muerto sin haber vuelto con sus padres?

Todos nos equivocamos, somos humanos necios e imperfectos y Jesús en esta parábola, nos enseña cómo un Buen Padre siempre velará por aquellos hijos que no pueden, no les gusta o no quieren aprender ni de la experiencia de los demás, ni de los errores de los demás. Y como todos en cualquier momento de nuestras vidas, podemos echarlo todo a perder, por eso hoy no me conviene inconformarme por esa ventaja que Dios les da a los que se van de casa. Quizá un día también necesite que me divise y salga a mi encuentro.

Porque ¿Quién dice que el día de mañana yo no seré uno de esos "hijos suyos", que despilfarró la parte de su herencia en mujerzuelas y otros placeres? Y si pasa, me sentiré reconfortado por esa reacción habitual de mi Padre -que antes me parecía tan injusta-, y gustoso me vestiré y me comeré todo lo que me dé cuando por fin regrese a su casa.

Por eso, de ahora en adelante, me será más útil olvidarme de situarme en el lugar de algún hijo, y enfocarme en aceptar el proceder del Padre. Porque sólo si entendiendo el amor de mi Padre, podré ser un mejor hijo.

Antes me preguntaba: ¿Qué clase de hijo soy?
Ahora me pregunto: ¿Qué clase de hijo quiero ser?

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LA CARNADA PERFECTA

El otro día estaba viendo un programa acerca de la pesca, de las muchas formas de atrapar distintos peces, moluscos o cualquier otro animal acuático ya sea marino, de río, lago, etc.


El conductor de dicho programa hacía énfasis en que uno de los secretos para una pesca exitosa era utilizar la carnada adecuada. Si ibas a pescar por ejemplo, un salmón, la mejor carnada era sin duda un camarón, o un pequeño calamar: de preferencia vivo.

El conductor recomendaba a los pescadores que usaran carnadas reales pues, aunque había ya muchos adelantos tecnológicos que brindaban carnadas falsas de muy buena calidad, lo mejor y que aseguraba una mayor probabilidad de éxito es y seguirá siendo, utilizar carnadas reales... y vivas. Además reprobó algunas técnicas de “pesca” que estaban lejos de serlo, como lanzar dinamita a los lagos o ríos, aturdiendo y matando con su explosión a los peces del alrededor, o emitir descargas eléctricas al agua. Sin duda prácticas muy cómodas y desgraciadamente comunes, que ocasionan daños colaterales a la naturaleza.

Jesucristo nos llama varias veces a lo largo de los evangelios a ser “pescadores” de hombres, es decir, a atraerlos a Él para que lo conozcan y lo sigan (en Mateo 4, 19. por ejemplo). Los que llevamos ya varios años “pescando”, nos damos cuenta que es bastante difícil una pesca buena y abundante, y creo que nuestro fracaso ha sido siempre que no empleamos la carnada perfecta: a Él mismo.

Nosotros como especie, estamos siempre en una continua búsqueda y en una odisea por la felicidad, entonces, cuando vemos algo que se le parece, nos sentimos atraídos y nos acercamos a aquello que nos brinde lo que desesperadamente estamos buscando.

Lamentablemente existe gente que sabe de nuestra necesidad –al fin y al cabo son de nuestra misma especie- y saca ventaja de ello engañándonos con falsas carnadas y atrapando a todos aquellos que creyeron.

Y muchos seguiremos creyendo y cayendo en ellas, mientras nadie nos dé una pista de lo que verdaderamente estamos buscando. Esa pista, esa carnada, es Jesús. Jesús es lo que verdaderamente hemos estado buscando, aunque no lo conozcamos. Afortunadamente muchos de nosotros fuimos “pescados” por una de éstas personas que sabían qué era lo que buscábamos y más importante aún, sabían lo que necesitábamos: a Dios.

Todos aquellos que fuimos sacados de ésta manera de nuestro mar, de nuestro lago, río etc., estamos llamados a seguir haciendo lo mismo, seguir usando la carnada que usaron con nosotros para seguir con la pesca.

El problema está en que, cuando la pesca no es abundante, comenzamos a desesperarnos y dudamos de la eficacia de nuestra carnada. Es aquí cuando, creyendo ser más inteligentes, empezamos a fabricar carnadas “falsas” o empezamos a “aderezar” o “complementar” nuestra carnada. Ahora en vez de “pescar” mostrando a Jesucristo –vivo, con palabras y hechos- ahora regalamos estampitas de santos, rosarios, escapularios, novenas, imágenes de las visiones de monjitas, etc. Y llega el momento en el que, sustituimos por completo nuestra verdadera carnada por fantasías, por ilusiones. Es cierto que, como los peces reales, muchos caen ante el olor, el brillo y el colorido de las falsas carnadas pero, ¿cuántos de ellos perseveran?

Estamos experimentando una crisis de “peces militantes” en nuestra iglesia. Nuestros demás hermanos cristianos sin embargo, parecen atravesar por una época de bonanza. ¿A qué se deberá? A la carnada con la que pescan. Muchos de ellos se han mantenido fieles a seguir proclamando única y exclusivamente a Jesucristo como SU PESCADOR y SU CARNADA, una carnada VIVA con la que han podido encontrar la VERDAD y la VIDA: ergo la FELICIDAD.

Sí, aunque después ésa gente que fue pescada de manera legítima sea engañada y abusada por intereses mezquinos de sus líderes –como también suele pasar en nuestra iglesia católica-. Pero por lo menos tuvieron éxito en la pesca porque lo hicieron como Jesús manda.

Nosotros en cambio, al ver nuestro fracaso, recurrimos a técnicas más violentas y extremas, generando miedo y confusión. Como aquellos pescadores sin escrúpulos que, prefieren arrojar bombas y descargas eléctricas para acabar más rápido y lograr una “pesca” verdaderamente abundante, aunque signifique aniquilarlos. Nos aprovechamos del miedo e ignorancia de la gente, enfatizando nuestros dogmas y doctrinas en el infierno y en la condenación, en vez de dar esperanza a los necesitados. Nos hemos convertido como iglesia en los nuevos fariseos, escribas y sumos sacerdotes. Aquellos que les molestaban los milagros en sábado, imponían cargas que ellos mismos no levaban y que preferían ver a Jesús muerto que vivo.

Ellos fueron “pescados” de ésa manera; muchos de ellos ni siquiera degustaron la carnada perfecta: Jesucristo. Pero hoy nos corresponde romper esa cadena y comenzar una nueva, como la que comenzaron las primeras comunidades.

Por eso estamos más comprometidos aquellos que ya hemos descubierto nuestro error. Es nuestra tarea el mostrar la verdadera técnica de pesca que Jesús nos enseño: pescar con él y como él: con amor, con caridad, brindando esperanza y consuelo, dando salud, liberando, etc.

No todo esta perdido. Aunque lenta, la evangelización, la VERDADERA EVANGELIZACIÓN está en marcha. Innumerables ejemplos de vidas transformadas por Cristo siguen en la pesca, lanzando sus redes las veces que sea necesario y, gracias a ello la salvación de Jesús está presente en el mundo. Son muchos, pero no suficientes. Necesitamos seguir pescando, debemos continuar, pero ahora sí, ¡con la carnada perfecta!

jueves, 2 de septiembre de 2010

LA MUCHEDUMBRE

Evangelio: Lucas 14, 25-33



En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: "Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar." ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío."

Mucha gente acompañaba a Jesús, y aún hoy muchos lo hacemos. Pero no puedo evitar pensar que si el 93 % de los mexicanos dijimos que pertenecemos a una religión (en el censo del INEGI) se supone que casi todos en nuestra sociedad creemos en Dios. Un Dios que dicta a través de su palabra, las normas o reglas de adhesión y comportamiento de cada credo. Por lo tanto, con todos estos creyentes y practicantes, deberíamos ser un país de amor, respetuoso por la vida y por los otros, responsable y justo, pues éstos son los principales valores que se supone promueven las religiones en general, sea cual sea. Sin embargo, la realidad nos dice otra cosa, los tiempos desordenados, violentos y permisivos, gritan que no tenemos Dios, y que si decimos creer en él, en todo caso no lo escuchamos.

Creo que estos tiempos son de “muchedumbre”, que siempre lo han sido y que yo mismo me veo tristemente diluido en una muchedumbre como la que seguía a Jesús. Me cobijo dentro de una masa creyente pero sin practicar lo que me pide aquel a quien sigo. Me conformo con ser contado entre los miles, pero llegado el momento decisivo, me aparto. Me siento tibio cobijado con las apreturas y el anonimato, pero a la hora de encarar a Jesús, no puedo sostenerle la mirada. Andaba cerca y tras Él, pero con pretextos defendía mi cobardía pues no me sentía “preparado” para la prueba de fidelidad, la prueba para ser su discípulo.

¿No te molesta oír lo que Jesús requiere y sentir que no eres capaz de cumplírselo? A mí me molesta todo el tiempo, pero ésas son sus condiciones. Si realmente quiero ser su discípulo, tengo que hacer mis cálculos, como dice él mismo. Y si mis cálculos me dicen que no soy capaz, mejor me hago a un lado, para no ser uno más de aquellos que le siguen apretujando. No sirve de nada.

Si mis cálculos en “los números del mundo” me dicen que saldré en “bancarrota” y “endeudado”, mejor firmo un tratado de paz –para mí- y así “me doy de baja”. Así de fácil lo muestra Jesús. No habrá represalias ni venganzas. Aunque si habrá daños colaterales, el único que resultará perjudicado por no seguirlo seré yo.

Jesús es muy claro en sus exigencias, pero hay quienes en esa muchedumbre, aún así, le hacen creer a los demás que dichos requisitos no son tan estrictos como él dice, que está “exagerando”. Y si tienes una duda de ello, basta con revisar en Internet, en la hoja parroquial, o con escuchar la homilía en misa, para darte cuenta que la gran mayoría de los que se dicen sus discípulos, rodean este decisivo requisito de renunciar a los bienes para seguirlo. Escúchalos con atención y descubrirás que no hacen mención de la renuncia de manera clara, y es de esperarse pues esa mayoría, no lo hace y no lo cree. ¿Cómo han de llamarnos a dejar los bienes y cargar una cruz cuando ellos mismos no lo hacen y no lo creen necesario?

Sin embargo, ante problemas sociales y políticos que no los inculpan a ellos –directamente-, sí se ponen los domingos a jugar a ser profetas, denunciando a los participantes y acusando a los oyentes de ser “del montón” por no tener un criterio y una postura. Me gustaría verlos a ellos mismos haciéndose una auto-crítica así de mordaz y valiente, para corregir los requisitos que Jesús exige y que muchos de ellos no obedecen. Me hubiera gustado que así de bravos y altaneros invitaran a las personas a que también denunciaran los abusos, las violaciones, las riquezas, la corrupción, y los demás vicios que todos sabemos que se cometen dentro de la iglesia. Que nos invitaran a denunciar para fin de que esta iglesia, la que fundó Cristo, se parezca al menos un poco a lo que Él quería que fuera.

Sin embargo no lo hacen, se quedan callados cuando el evangelio se refiere a ellos. Pero no me creas a mí, sólo escúchalos cada vez que el evangelio hable de restricciones para los que queremos ser discípulos –que también aplican para ellos-, y diviértete descubriendo como siempre encuentran la manera de salir ellos bien librados de errores, y como siempre tú eres el inculpado. Y me pasa cada domingo, no importa a donde vaya.

Yo ya quiero salir de esta muchedumbre ¿y tú?