miércoles, 6 de julio de 2011

LA SOCIEDAD DE LOS POETAS INCOMPRENDIDOS

“En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias Padre, porque así te ha parecido bien.


El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. MT. 11, 25-30.

Si todos los hijos, conociéramos en verdad al Padre celestial, a nuestro Papá, el mundo sería distinto. Sin embargo, a los sabios, que serían lógicamente los depositarios del conocimiento de Dios, no sólo les resulta difícil entenderlo, además Él mismo es quien les esconde "sus asuntos". Es la consecuencia por menospreciar a sus predilectos: los sencillos y humildes.

Anteriormente los sabios sólo dominaban la antigua ley. Una ley que ellos mismos se encargaron de “complementar” con más leyes, una más absurda que la otra.

Hoy en día, los nuevos sabios caen en la misma tentación de sus antecesores. Jesús resumió la ley en una sola: el amor a Dios y al prójimo. Como en aquel entonces los sabios de hoy, observan, memorizan y ejecutan hasta los más recónditos incisos, versículos y fracciones convirtiéndolas en cargas pesadas impuestas a los indefensos. Y como siempre, para ellos no aplican.

Conocer a Dios va más allá, no se persigue ni se procura el cumplimiento de la ley desplazando el amor y la caridad, por hacer justicia. Jesús sustituye pues todas estas leyes inútiles para Dios, por la más conveniente para el hombre: el amor.

Conocer al Padre es poner en práctica su rol amoroso con el prójimo, y llevar a cabo su misericordia también mediante sacrificios. Es ver a los demás como hijos de Dios y como hermanos nuestros, para tratarlos con esa dignidad y respeto.

Hoy en día, muchas personas creemos que el arduo estudio es lo que nos lleva al conocimiento y entendimiento de Dios, pero no es así, solamente el Hijo nos puede llevar al Padre (quien me ve a mi ve a mi Padre...). Aprender del maestro entonces nos lleva a conocer a nuestro Padre, pero no a base del estudio y la memorización, sino a base de práctica, porque quienes no caminamos haciendo las obras de Jesús, tenemos mucho o quizá todo el tiempo para perderlo estudiando, alucinando cosas o adornándolas demasiado.

Por eso a la gente sencilla se le revelan las cosas de Dios y no a quienes están demasiado ocupados leyendo o escribiendo tras el escritorio. Los sencillos sí saben que hacer con lo que se les revela.

Y estos sencillos y humildes, lejos de gloriarse y atesorar lo que se les revela, además lo comparten para bendición y consuelo de otros. Los sencillos sí saben qué hacer con lo que saben.

Mientras, los sabios y entendidos juegan apasionados: "A ver quien sabe más de Dios". Pero su juego es aburrido, nadie gana y nunca se termina. No compiten para ver quién muestra mejor a Dios, quién lo da a entender más fácil, quien lo enseña gratis, ni quién llega a los lugares más difíciles para anunciarlo, no, más bien compiten para presumirse lo que entre ellos ya saben pero que nadie puede probar.

Además a se convierten en los más destacados poetas y escritores románticos que hablan y escriben exaltando a Dios pero empequeñeciendo al prójimo. La poesía la usan para sentirse más cerca de Dios, pero trazando una línea que los separe de nosotros, la gente común. La poesía sin el verdadero conocimiento del Padre, hace demasiado “dulce” lo que ya era dulce y “amarga” lo que de hecho, no era amargo.

Pero ¡qué raro! Pretenden con poesía alabar al Padre y adularlo haciendo menos a sus hijos, siendo que sus hijos son lo más importante para el Padre. Por eso Dios les oculta aquel conocimiento que tanto ambicionan, porque no lo buscan para aprender a amar y servir, sino para que los amen y les sirvan.

Al conocimiento del verdadero de Dios, sólo se llega del modo sencillo, del modo fácil, sí, ese modo que sólo aquellos que practican el evangelio llegan a conocer, consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente.

¿Tú cuántos “poetas incomprendidos” conoces? ¿Que día a día, semana a semana, mes con mes, año con año, declaman infinidad de poesías que nos confunden y empalagan? Libros y más libros que los distraen a ellos -y a nosotros- para practicar a Dios antes que “encarcelarlo” en cursis poesías y bohemias reflexiones.

La evangelización pues, se ha convertido en un “arte” que no comunica, más pensado en conseguir admiradores que seguidores. Donde el más leído se siente más cercano a Dios.

Nos olvidamos de aprender de Jesús, que es manso, humilde de corazón, mucho menos complicado y sin tiempo para ser artista.

Esos discípulos que se han convertido más bien en poetas, desgastan su vida y sus plumas, escribiendo y declamando con grecas y ornamentos el mensaje de Jesús. Codificándolo en un lenguaje que sólo "la sociedad de los poetas incomprendidos" aprecia y aplaude. Este gremio sigue creyendo que los ignorantes somos nosotros, y así nos lo hacen sentir, sólo porque no sabemos de qué rayos nos están hablando.

Ellos, sentados cómodamente en sus delicadas almohadas, ponen en evidencia nuestros pocos conocimientos acerca de la antigua ley y la Palabra, pero no califican en su riguroso examen, lo que ponemos en práctica de lo poco que entendimos del evangelio. Esa es la diferencia entre un artista -de la auto promoción- y un trabajador -de la evangelización-.

Porque el trabajador no pierde tiempo y energías en indagar lo que Jesús ya reveló, ni en adornar lo que ya no necesita adornos.

Mejor dedica su vida a practicar lo que ya sabe que es agradable a Dios: atender a sus hijos y aprender de su Hijo. Esa es la sencillez de la misión que los poetas tanto desprecian.

Ustedes, los ”poetas sabios y entendidos” sigan escribiendo y declamando en lugar de proclamar el evangelio, pero luego no se quejen de que los sencillos y humildes les den a ustedes lecciones de teología -aplicada-, sin haberla estudiado.

¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!

martes, 28 de junio de 2011

CON LA MISMA MANO

Me han llegado en estos días, muy interesantes invitaciones a eventos, cursos, conferencias y hasta conciertos que tienen que ver con la evangelización.


Unas invitaciones han sido por vía e-mail, unas han sido personales y otras en carteles pegados en sitios estratégicos. Todas esas invitaciones me parecen muy buenas y sin duda esas experiencias traerían mucho beneficio a mi vida. Pero hay un obstáculo para que yo pueda aprovechar todas esas oportunidades… tienen un costo que no puedo pagar. Hay eventos que van desde los $550 ¡hasta los $2,500 Pesos! ¡Qué tal! Y de un solo día.

Creo que las conferencias en verdad son muy buenas y los seminarios tan efectivos, que lamentablemente, hay que pagar un dineral para poder recibirlos.

Sé –con tristeza- que así es como se manejan las cosas aquí en el mundo, si quieres algo, debes pagar por ello. Y entre mejor o más bueno, mayor será su costo.

-Si quieres seguridad, te va a costar.

-Si quieres una buena casa, te va a costar.

-Si quieres un buen auto, te va a costar.

-Si quieres un buen trabajo, te va a costar.

-Si quieres un buen colegio, te va a costar.

-Si quieres el mejor servicio, te va a costar.

-Si quieres pasear por el mundo, te va a costar.

-Si quieres lujo y comodidad, te va costar.

-Si quieres vestir ropa de marca y de moda, te va a costar.

-Si quieres divertirte en los mejores sitios, te va a costar.

Todo esto entiendo que nos va a costar, pero ¿Por qué tiene que costarnos el conocer a Dios o seguir aprendiendo de Él? ¿A nosotros nos costó dinero conocerlo? Quizá sí.

Los negocios, son negocios… pero cuando los negocios son “a costillas” de Dios es cuando me parece injusto que tengan un “costo de recuperación”.

¡¿Recuperarse de qué?!

Muchos de estos conferencistas, empresarios, cantantes, músicos, ministros y predicadores, muy “listos” argumentan a su favor que “si las cosas se nos dan gratis no las valoramos”. Pero Jesús hizo todo gratis cuando anduvo caminando entre los hombres, y aún sigue haciéndolo ¡todo gratis! Claro está que ellos no son como Jesús.

¿Es una locura en nuestros días, andar por ahí regalando tiempo y conocimientos? Sí, por eso es una gran muestra de amor necesaria para que la Buena Nueva sea realmente buena y convenza. Alguien que no me conoce y que no me cobra por aquello que me comparte… ¡caramba! Ese de verdad me ama, tal y como lo haría Jesús.

Quizá sea cierto que lo que se nos da gratis no siempre es valorado por todos, pero haciendo las cosas con amor como lo hizo Jesús, ¡qué importa! Cada cual era libre en aquel momento de saber si aceptaban lo que Jesús hacía y decía. Eran antes tan libres como hoy, de desperdiciar el mensaje de Jesús si así lo decidían. Al fin y al cabo, Dios igual nos sigue amando a todos.

La libertad de creer y aceptar lo que Jesús vino a hacer y decir, era otra prueba de amor además de la gratuidad de su mensaje. Hoy no somos libres de aceptar el mensaje o siquiera de cuestionarlo porque como hay que pagar por anticipado…debemos estar de antemano predispuestos a asentar a todo lo que nos digan sin vacilar. Oye, ¡¿Tan caro, y no aprovecharlo?!

Pero lo curioso es que a los que “trabajan por el Señor” cobrando el mensaje, no les gusta pagar en ningún otro lado por presenciar un evento o un mensaje similar; a ellos en cambio sí les gusta dejarse atender y consentir gratis, por aquellos a quienes supuestamente van a “servir”. Sí, les gusta ser servidos por quienes los contrataron para llevarles el hermoso, suave, adornado y perfumado mensaje por el cual pagaron.

Los que dedican su vida a cobrar para dar conferencias, seminarios, talleres, conciertos, retiros, charlas y toda clase de eventos con motivos “cristianos”…

¿Qué le dan a ganar a Dios?

¿En qué número de cuenta y de qué banco le depositan su parte del dinero? ¿Qué regalías le devuelven por ser el autor intelectual de lo que los mantiene hablando, enseñando, bailando, cantando o sanando? ¿Qué no “Toda sabiduría proviene del Señor y está con él por siempre” Eclo 1,1? ¿Por qué entonces se quedan ustedes con el dinero y las atenciones, fruto de predicar su sabiduría? Y ni siquiera dan recibo de honorarios.

Pero eso sí, a la hora de subirse al escenario, fascinados por las luces y seducidos por los aplausos y las alabanzas, de sus bocas se derrama el amor, la fe y la confianza en Dios. Claro, mucha fe, amor y confianza pero en su falso dios, aquel que ansiosos esperan recibir al terminar su rutina, cual acto circense. Sí, ese amoroso dios que les va a dar lo que siempre han deseado pero que la filosofía pura de Jesús no les consigue: dinero.

Falso dios al que suelen llamarle de “cariño”: “ofrenda”, “estipendio” o la más reciente “cuota de recuperación”.

¿No se supone que “lo que gratis han recibido, entréguenlo gratis también” Mt 10,8? Yo creo que toda experiencia con Dios que nos haya cambiado la vida y nos haya trazado un rumbo, debemos realizarla gratis. No sería justo que si Dios nos llamó para servirlo y en su plan estaba que supiéramos y asumiéramos nuestra misión, cobremos por llevarla a cabo. ¿A nosotros quién nos cobró por que Dios acomodara el universo para que un día nos encontráramos con Él y descubriéramos así el sentido de nuestra existencia?

Dios no fue.

Creo que la misión no debe ser una empresa ni un negocio auto financiable, debe sostenerse con la ayuda y el compromiso de todos, es cierto, pero sin convertirlo en un modo de vida para quienes la realizan. Debe incluso costarnos en ocasiones a nosotros y no a quienes va dirigida la Buena Noticia, porque si no ¿sólo aquellos que pueden pagar por ella la van a recibir?

Además la evangelización es para llevarla a quienes nos topamos en el camino, no para quienes de antemano son convocados, quieran y puedan pagar por recibirla. ¡Qué fácil!

La principal cualidad que tiene el mensaje de Jesús, es que su mensaje al igual que su salvación vino a traerlos gratis. Vino gratis a anunciar, a predicar, a curar, a denunciar y a salvar… sin distinguir buenos, malos ni posiciones económicas. Y así como llegó pobre a cumplir su misión, así pobre se fue.

Yo estoy convencido que si en nuestra vida no hay un espacio y un tiempo para actuar y hablar de Dios gratis, mejor no lo hagamos. Es muy soberbio y ambicioso de nuestra parte, creer que si yo no realizo mi tarea –o negocio-, la evangelización se detendrá y no llegará a los olvidados en los rincones del mundo. ¡Gran mentira! Al contrario, el mal ejemplo que damos cobrando y viviendo con lujos y comodidades a costa de los necesitados, aleja más a la gente de Dios.

Dios es relativamente un recurso fácil para sacar dinero, yo mismo si quisiera podría salir y ofrecer mis servicios no profesionales a un precio módico, para hablar de lo mucho o poco que sé de Él y de lo que ha hecho en mi vida. En realidad no necesito un certificado o carrera profesional para hacerlo, es sencillo, cualquiera que tenga la capacidad de convencer y adular, lo puede hacer. Pero creo que la misión ya no será efectiva si se ensucia con el manejo de dinero entre las partes, pues con la misma mano que recibimos nuestra paga, es con la que sostenemos con poder su Palabra. Y con el mismo dedo que mojamos con saliva para contar nuestros billetes, es el mismo dedo que mojamos para hojear y rápido encontrar aquellas citas de la Biblia que supuestamente nos justifican.

Y a propósito…

¿Cuál será el “costo de recuperación” para los que obtienen dinero por hablar de Dios? ¿Cuál será su “total a pagar” cuando estén frente a Él?

¿Les “cuadrarán las cuentas” a la hora de estar frente a Dios?

¿Será que más bien fueron ellos quienes no valoraron lo que era gratis?

Sólo Dios sabe.

viernes, 6 de mayo de 2011

NO BASTA

En Aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga ¡Señor, Señor!, Entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ¡Señor, Señor!, ¿No hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros? Entonces yo les diré en su cara: Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Mateo 7, 21-27.


Jesús pudo agradecerles a aquellos que hablaban, exorcizaban y hacían milagros en su nombre… pero no. ¿Por qué? Tenía que decirles la verdad, y la verdad es que hacer aquello no fue suficiente, algo –o mucho- les faltó. Además de lo que habían hecho, debían practicar todo lo demás que escucharon de Él, y no sólo lo que a ellos les gustaba hacer.

Al parecer Jesús no valida a los especialistas ni sus especialidades, no le gustan las diferencias, las comodidades y los privilegios que resultan de ejercer un sólo ministerio. No sirven para su misión.

Un profesional de la predicación, un profesional del exorcismo, un profesional de los signos y los milagros, o uno que incluso domine estos tres ministerios juntos, no basta para que entre en el Reino de los Cielos. Aunque todo se haga y se consagre en su nombre, pues Jesús mismo les nombra: “los que han hecho el mal”.

¡Y toda su vida creyendo que hacían el bien!

Ello significa que a la hora de hacer el bien, es mejor hacer “un poco de todo”. Es más cristiano y más acorde al evangelio, que dedicar toda una vida a una sola labor o un sólo ministerio. Por más apasionante, exitoso o remunerado que este sea.

Si bien los dones hay que ponerlos a trabajar para el Señor, hay que hacerlo conjugando otras capacidades y otras disciplinas, logrando hacer que nuestra mayor virtud como cristianos sea no la de predicar, exorcizar o hacer milagros, sino la de amar haciendo lo que sea necesario en ese momento y en ese lugar. Amar en todos sentidos y no sólo haciendo aquello para lo que creemos fuimos “destinados”, “llamados”, o “escogidos”.

Si un día se requiere de mi ayuda para barrer, pues me pongo a barrer, si otro día debo cambiar el pañal a un enfermo, pues lo hago. Y si otro día debo predicar, pues me pongo a predicar. Pero no una sola cosa por toda la vida, porque a Dios se le complace haciendo lo que Él quiere, no lo que nosotros queremos.

¿Qué genera entonces renunciar a una especialización religiosa o espiritual? Pues seguir siendo comunes, para así no podernos distinguir, resaltar o discriminarnos entre nosotros los que nos “dedicamos” a servir a Dios. Y eso es precisamente lo que Jesús quiere para quienes trabajamos por Él, igualdad y nada de protagonismos ni eminencias.

Renunciar a especializarnos nos da también tiempo para hacer otras cosas, quizá gratis, quizá simples, quizá desagradables, quizá más cansadas o tal vez todas ellas juntas, pero también más valiosas ante Dios.

Eso es cumplir la voluntad del Padre, renunciar a la nuestra y hacer lo que es debido. Así es como distinguimos su verdadera voluntad, cuando no resulta tan divertida, remunerada y conveniente como quisiéramos.

Todo aquello que construyamos cimentando nuestro “súper poder” para dominar, nuestro “súper ministerio” para someter, o nuestro “súper talento” para convocar y hacer dinero, será destruido llegada la tempestad -no por Dios-.

Jesús se muestra así mismo como el cimiento donde es prudente construir porque Él en ningún momento dejará de ser firme -como la roca- para sostenernos, sin embargo, el éxito de nuestra construcción dependerá de si estamos dispuestos a hacerlo sobre Él y sobre lo que nos pide que hagamos.

Construir sobre Él como base, significa no aprenderse el evangelio de memoria, sino más bien practicar lo poco o mucho que lo conozcamos. Grabarnos bien aquello poco o mucho que entendamos de su Palabra para ponerla en acción.

Claro que significará cambiar los aplausos por algunas tareas desagradables, significará abandonar la oportunidad de ser famosos, de ser reconocidos, de ser gratificados, todo por una recompensa mayor: cumplir con tareas urgentes y necesarias que representan mejor la voluntad de nuestro Padre que otras. Y así poder entrar algún día en el reino de los Cielos.

¿Sobre qué estoy edificando yo mi casa?
...debo saberlo antes que la lluvia y el viento me lo muestren.

viernes, 15 de abril de 2011

VEHÍCULO DE LA VERDAD

Del Evangelio de Juan 10, 31-42.
En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo: «He hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los judíos: «No es por ninguna obra buena que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió: «¿No está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues, si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo por haber dicho: “yo soy Hijo de Dios”, a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo detener a Jesús, pero él se les escapó de entre las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.

Desde hace años, en mi casa me llaman Shynjo porque usaba una playera (la cual era mi favorita) con el nombre de un jugador de béisbol llamado Shinjo, de los Mets de New York.

Nunca me interesó investigar el significado de dicho nombre, sólo sabía que era japonés. Hasta hace algunos días descubrí su significado.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el pasaje evangélico de Juan?

Hace algunos meses me vi en una persecución similar a la de Jesús. Llevo ya varios años tratando (a veces con éxito, a veces no) de llevar la Buena Noticia de Jesús, a veces solo como un simple profeta, y últimamente como parte de una “comunidad” y como predicador.

Después de un tiempo de conocer la forma de trabajo de sus coordinadores noté que sus políticas y acciones eran contrarias a los criterios del mismo Jesucristo. Haciendo valer mi envestidura de profeta denuncié dichas irregularidades. Eso bastó para hacer enojar a sus directores. No me arrojaron piedras como en aquel tiempo, fueron más bien injurias, calumnias y mentiras hacia mi persona, de manera cobarde, sin dar la cara, como los fariseos que se envalentonaron en masa.

Sólo supe por algunos testimonios de verdaderos amigos parte de ésas mentiras. Me vi en la necesidad de huir, de borrar todo pasado para iniciar de nuevo. No fueron mis “obras buenas” las que molestaron a éstos fariseos del nuevo milenio sino mis palabras: descubrí sus verdaderos planes, sus verdaderos rostros, sus verdaderas intenciones.

De repente me vi a mí mismo casi solo. La mayoría de mis “hermanitos de comunidad” me olvidaron sin preguntar mi versión, si lo que de mi se decía era cierto. Seguramente resultaron más atractivas y convincentes las calumnias que acerca de mi se esparcieron por toda mi ex comunidad.

Y es que, la verdad descubre, revela. Para aquellos que traman sus planes en las sombras, la verdad es una luz que los ciega y que cala; echa a perder sus maquinaciones perversas. Y aquel que entra en su cuarto de penumbras con esa incómoda lámpara, se vuelve objeto de su odio, el objetivo de sus piedras. La gente podrá matar a los mensajeros, pero no al mensaje.

Actualmente yo me encuentro fortalecido por Dios en una nueva etapa, en un nuevo "Jordán" con nuevos hermanos, insistiendo y proclamando la salvación de Jesús, a pesar de las “pedradas”
Después de todo, si yo cargo la lámpara y los que viven en penumbras me arrojan fuera, yo sigo y seguiré caminando en y con la luz.

Cuando Jesús se ve acorralado por sus acusadores, se defiende tratando de hacerlos razonar, incluso con la propia ley. Pero para los fariseos, no hay ley que los detenga. Más aún, hace Jesús mención de sus milagros sin que a ellos les importe.

Y al tratar de echarle mano una vez más sin conseguirlo, Jesús huye. No huye porque no hubiera podido hacerles frente. Huye porque llevará esa Buena Noticia, esa lámpara a quienes sí estén dispuestos a recibirla, a los sedientos de luz que han sido sometidos y esclavizados en la oscuridad por los fariseos.

En su huida, Jesús es bienvenido en el lugar donde precisamente Juan el Bautista anunciaba la venida de Jesús como el único salvador, donde denunciaba las injusticias de esos mismos fariseos y además bautizaba a aquellos que querían una nueva vida, a aquellos que se arrepentían y volvían a Dios.

Ciertamente Juan el Bautista no hizo los prodigios que hizo Jesús (como lo dice el evangelio), sin embargo la gente reconoció por fin que TENÍA LA RAZÓN.

La misión del profeta no es ser reconocido como un mesías, sino que la gente reconozca y acepte que somos sus mensajeros: ANUNCIAMOS al verdadero mesías y que TENÍAMOS LA RAZÓN cuando gritábamos apasionadamente y con el corazón LA VERDAD; que somos (o fuimos) solo eso, transmisores o más bien vehículos de la verdad.

Por cierto, descubrí que mi nuevo nombre SHYNJO significa precisamente eso... VEHÍCULO DE LA VERDAD...

martes, 12 de abril de 2011

CON VISTA PRIVILEGIADA

Hace muchos años, fui en peregrinación a un lugar más o menos conocido. Es un cerro alto donde subir a pie hasta la cima, es el reto. Aunque también se puede subir en auto.

Quienes ya habían ido, me presumían sobretodo la magnífica vista que desde la cima se apreciaba. Lo que más los motivó a subirse, fue situarse en lo más alto y disfrutar del panorama. Ser de los pocos privilegiados en estar ahí. Porque ¡no cualquiera llega eh! bueno, en realidad quien se lo propone lo logra... no es tan difícil.

Es cierto, es sólo un cerro, no es el monte Everest, pero una vez arriba a nadie parece importarle porque la sensación ha de ser similar a subir el pico más alto…supongo.

Cuando yo subí hasta la parte más alta de este cerro, había un pequeño mirador desde donde se extasiaban todos los que estaban ahí.

Estando en la orilla de aquel sitio, el amigo que con insistencia me invitó a subir, me dijo: -¡a esto le llamo yo una “vista privilegiada”!-.

Yo me quedé mirando por un rato el horizonte y después le respondí: -Pues a mí no me parece tan privilegiada, no alcanzo a distinguir nada desde aquí arriba. En cambio, desde abajo, al menos percibo lo poco que me rodea. ¿De qué me sirve entonces estar en la cima? Además, desde aquí todos se ven como “hormiguitas”-.

Mi amigo volteó, me miró y después siguió viendo el panorama. Extendió sus brazos y siguió sintiéndose el “rey del mundo”, aunque ni siquiera fue el rey de aquel cerro, pues el gusto le duró hasta que nos pidieron que nos bajáramos para regresar. Nadie se puede quedar ahí para siempre.

Aquel cerro era una eminencia, es decir, una elevación del terreno con una altura considerable… sobresalía, pues. Inevitablemente, aquellos que subimos nos sentimos en algún momento también como eminencias, pero sin aceptar que la altura no era nuestra, es sólo que nos situamos encima del cerro y con eso nos sentimos más grandes. ¡Gran error! Siempre tuvimos el mismo tamaño que las personas que estaban abajo, y por más alto que trepemos, la eminencia sigue siendo el cerro. Es el terreno el que sobresale.

Lo mismo creo que pasa en nuestra vida con los conocimientos, los bienes materiales, la experiencia y el éxito profesional que buscamos o que hemos alcanzado. Llegamos a creer y defender la idea de que todo cuanto hemos logrado, ha sido sólo por nuestras capacidades, aptitudes y esfuerzo. Que lo que soy y lo que poseo se lo debo sólo a una persona, la más importante en mi vida, aquel que ha estado conmigo siempre y que me ha inspirado desde un principio, sí, ese ser maravilloso lleno de luz y sabiduría, soy Yo.

¡Qué ridículo!

Y con esta filosofía tan egoísta, aquellos que la creen y la practican, se justifican para decir que en efecto, su dinero, su experiencia, sus conocimientos, sus habilidades y capacidades, los colocan muy por encima de los demás.

Pero ya estando en la cima no distinguen ni entienden los motivos y las consecuencias de su pregonada “superioridad”. Este es el verdadero precio por estar en lo alto, que nada de lo que sucede abajo lo pueden entender, percibir o controlar por completo. No ven con claridad desde lo alto.

¿Cuántas cosas suceden abajo sin que se den cuenta los que están arriba? Y sin embargo, creen que nada se mueve sin ser detectado por ellos… ¡Ilusos! Todo lo contrario, existe todo un mundo acá abajo que ellos ni se imaginan. ¡Si tan sólo se dieran la oportunidad! Tendrían que bajar para conocerlo, pero la distancia les hace imposible el reconocimiento.

En cambio, permanecer abajo nos ayuda a percibir con mayor sensibilidad la realidad. La mía y la de los demás, no sólo aquello que me conviene extraer de ella. Estar en las alturas del conocimiento, de la sabiduría, del éxito económico, del estudio, etc., me confunde e implica volcarme contra los que a mí juicio no están a "mi altura" Me enfoco demasiado en mí.

Pero ¿Para qué quiero entonces estar en lo alto? ¿Para ver pequeños a los demás? ¿Para gritar a otros desde arriba lo mucho que sobresalgo y ellos no? ¿Para ver y entender lo más posible pero sin estar ahí, sin involucrarme, sin ser parte de ello? ¿¡Para ver a todos como "hormiguitas"!?

No tiene sentido creer que soy el rey del mundo sólo por haberme subido a un cerro, porque llegado el momento, me bajarán y entonces tendré que volver al lugar de donde vine y al cual pertenezco: a abajo.

Subir, como vivencia está bien, al menos ya puedo platicar que la experimenté. Pero si por sentirme por encima de todos, voy a humillar, someter, empobrecer, cometer injusticias o arbitrariedades, creo que estoy mejor acá. Debo entonces lograr lo más posible pero sin causar daños colaterales ni perjudicar a nadie. Lo poco o mucho que sea o logre tener en esta vida, que sea sin "cargos de conciencia".

Jesús nos invita a sobresalir a su modo –al revés del modo humano-, que los que quieran ser los primeros, se hagan los últimos. Esas personas que usen sus logros y capacidades para trabajar primero por el bien de los demás antes que por el suyo, ellos serán las verdaderas eminencias. Las personas que sirven, que asisten, que son humildes, que comparten sus conocimientos, que no explotan ni abusan de otros, quizá ya no serán eminencias ante los ojos de los hombres, pero lo serán ante los ojos de Dios.

La verdad, yo estoy mejor aquí abajo.