martes, 29 de marzo de 2011

LOS CHISTES EN EL VELORIO

¿Cuántos de nosotros no hemos sido testigos o quizá partícipes de los famosos “chistes en los velorios”? Sí, ese jocoso momento que se aprovecha para divertirse en un funeral. Momento de broma y burla mientras otros realmente sufren una dolorosa pérdida.

¿Por qué contamos chistes o nos reímos en un funeral? Podría responderte que por algún tipo de reacción inconsciente que me permite escapar del dolor… pero no es cierto. La verdad es que no siento pena ni me interesa mucho el dolor de los demás. Sin embargo, a pesar de no mostrar respeto en los velorios, ¡no falto a ninguno!

¿En cuántos funerales no habrá sido incómoda o indeseada mi presencia? Quién sabe. Y lo peor es que yo tampoco he disfrutado de asistir a ellos.

Creo que si no sentimos un genuino dolor o si no mostramos al menos respeto por el fallecido o los deudos, no deberíamos acompañarlos en tan desagradable momento.

Quizá mi insensibilidad en los funerales se deba a tres motivos:

1. Porque en realidad no conocía al muerto.

2. Porque en realidad no me importaba el muerto, aunque lo conocía.

3. Porque en realidad no lo conocía, ni me importa que hoy esté muerto.

Creo que en este tiempo de cuaresma y semana santa, a muchos nos pasa lo mismo. No entendemos las tradiciones, los ritos y preceptos de esta temporada de luto. El tiempo de cuaresma y semana santa, se nos presenta como ideal para la reflexión y la mortificación, y año con año se nos “invita” a guardar el luto por la pérdida más grande que ha sufrido la humanidad: la muerte de Jesús.

Jesús es ese muerto que nos ponen a velar cada año a todos –los que se dejen-, lo conozcamos o no, nos importe o no, nos duela o no. Las tradiciones y preceptos a observar para cumplir en este tiempo, no son más que los fallidos intentos de nuestra Madre iglesia, para “obligarnos” a hincarnos y llorarle a nuestro Hermano bueno. Que dicho sea de paso, murió por nuestra culpa. Esa Madre que cada año disfruta echándonos en cara que nosotros lo matamos.

Aunque nuestra insensibilidad, rebeldía, apatía y falta de respeto en el funeral, tampoco se justifica con nada. Yo diría que si no lo conoces y/o no te importa su muerte, mejor ya no asistas a su velorio. No estás sujeto y nadie puede obligarte a sentir la pérdida de alguien a quien ni siquiera sabías que existió.

Por otro lado, un funeral tampoco se puede realizar cada año ¿no es cierto? Al menos no para una misma persona. Sólo se vive una vez, por consecuencia, sólo se muere también una vez.

Y Jesús ya murió.

Después de velar a un muerto, se le sepulta. Pero a diferencia de los otros muertos, Jesús murió, fue sepultado, resucitó y subió al cielo. Esa es la gran diferencia. Así que ya no debemos seguir de luto pues murió hace ya miles de años… es hora de superarlo.

No debemos revivir su sufrimiento y su muerte atroz cada año, no tiene sentido, nada podemos hacer al respecto. Debemos recordar su sacrificio no por la manera en que murió sino por la manera en que vivió. Esa fue su última voluntad.

Yo hace algunos años experimenté la muerte de mi papá, por lo tanto, ya no hago chistes en los funerales ni me río de ellos. Creo que no fue hasta que me sucedió a mí que me di cuenta de lo desagradable que es ver reír cuando tú lloras. Por eso ahora me parece tan ridículo que la muerte de alguien tan querido, sea recordada con detalles macabros y sangrientos cada año. Si creen que con eso lo valoramos más, están en un error, solamente logran que cada año nos duela menos y nos acostumbremos más.

Yo a Jesús y a mi papá los valoro por lo que me enseñaron, no por lo que su muerte trajo a mi vida, que fue sólo sufrimiento. Yo ya lloré lo que tenía que llorar.

No creo que a ellos les haya gustado la idea de que cada año yo me pusiera a sufrir y a revivir los detalles morbosos de sus muertes, a fin de cuentas, eso ya pasó y eso no les beneficia en nada a ellos. No tiene sentido tampoco hacer representaciones ni mortificarme por algo que ya está superado. Podría retroceder si me detengo demasiado en el pasado.

Jesús no murió por mi culpa, murió por mi y para mi; murió por que llevó el amor hasta las últimas consecuencias. Y yo no lo maté, murió voluntariamente en el cumplimiento de lo que su Padre le encomendó: traer la salvación al mundo y anunciar el evangelio.

Así es que al menos yo, ya dejé de culparme por su muerte, ahora más bien me responsabilizo de seguirlo y de practicar su mensaje: de que su sacrificio no sea en vano.

Porque lo más importante es que no debemos llorar a un muerto sino seguir a un vivo… ¡Jesús está vivo!

Cuando alguien muy cercano y amado muere, hay que “cerrar ciclos” para así poder mirar hacia delante otra vez y continuar con nuestro camino. Yo ya terminé mi luto y cerré ese ciclo, ahora, ya más tranquilo, recuerdo a esos dos seres amados, y lo mucho que me enseñaron.

Y tú en esta cuaresma y semana santa… ¿Cuentas chistes en el funeral? ¿Sigues llorando al muerto? ¿O ya vives la resurrección?

miércoles, 23 de marzo de 2011

¡QUÉ JÓVENES NOS VEMOS!

Hace algunos días alguien me dijo: “¡Oye, hoy te ves muy juvenil!” Yo, extrañado y a la vez indignado, le respondí: ¿¡Pues cuántos años crees que tengo!? “Todavía soy joven” –pensé dentro de mí-.

Él, al ver mi reacción, me observó de arriba abajo y respondió: “¿Treinta?” Claro que dada la respuesta yo sonreí pues sentí que de verdad lucía más joven. Nunca le dije mi edad.

El problema vino cuando me hizo la misma pregunta: “Y tú ¿Cuántos años crees que tengo yo?” Yo juraba que no tenía menos de cincuenta años, pero no iba a decírselo pues temí que se sintiera viejo por representar su edad. En cambio, le respondí: “¿Cuarenta y dos?” También sonrió y me dijo feliz: “Voy a cumplir cincuenta y uno este año… ¡Ves que jóvenes nos vemos!”

El orgullo de parecer más joven se me borró de la cara al darme cuenta que quizá los dos nos estábamos engañando por la misma razón. Él temía que me ofendiera y por eso me calculó treinta y yo igual le calculé cuarenta y dos.

Más nos vale entonces ser honestos a los dos, si es que queremos vivir en la verdad.

De nada nos sirvió adularnos y engañarnos, al contrario, mentirnos entre sí generalmente nos impide recibir por parte de otros la oportunidad de analizarnos y revisarnos, a través de sus opiniones. Darnos cuenta de cómo es que los demás nos ven, me da una idea de cómo me perciben y si tienen razón en lo que piensan de mí.

Pero la edad al igual que muchas otras cosas, es relativa. Si comparas mi edad con la de una tortuga de 150 años, pues soy apenas un niño. Pero si me comparas con una mosca que vive algunos meses, pues entonces soy tan viejo, que ya estoy viviendo “tiempo extra”.

Primero necesito que yo, siendo humano, debo ser comparado con otros humanos. Y para que alguien pueda determinar entonces si soy joven o no, necesita un dato preciso: mi fecha de nacimiento. Sólo si la gente sabe que nací en el año de 1975, podrá determinar mi verdadera edad al día de hoy.

Jesús, así como nuestra fecha de nacimiento, es el indicador que despejará cualquier duda o error a la hora de comparar nuestro comportamiento y modo de pensar. Ya no será relativa nuestra percepción, ahora con este “dato preciso”.

Jesús establece con su Palabra y obras, el modo correcto para que nosotros llevemos nuestra vida de la mejor manera posible. Él quiere que todos seamos felices y nos salvemos, por eso, cuando nuestras acciones o ideas son analizadas o denunciadas con base en la Palabra de Jesús, eso nos da la oportunidad de retomar el camino correcto si nos hemos desviado. Sólo hablando con la verdad es que conoceremos aquello a lo que Jesús se refería con instaurar el “Reino de Dios” aquí en la tierra.

Claro que el modo de ser honestos al decir la verdad, también debe hacerse a la manera de Jesús. Aunque muchos fallamos al hacerlo. Y no es que sea inevitable, es más bien que la naturaleza de Jesús parece tan contraria a la nuestra, que algunos nos dejamos llevar por la propia. El criterio de Jesús implica más trabajo, pero es el correcto.

De la importancia de hablar con la verdad y actuar conforme a la verdad, sigue hablarla con amor, respeto y prudencia. Y ¡Cómo cuesta! Porque creo que para Jesús “el fin no justifica los medios”.

Así pues todos debemos cuidar el modo de decir la verdad y también debemos cuidar el modo en que la recibimos. Las dos son importantes.

Por eso es que todos debemos estar alertas y abiertos a decir la verdad y también a aceptarla, sólo así podremos corregir lo que está mal y no vivir engañados, sólo por temor a ofendernos, o porque estamos más cómodos en la ilusión. Como cuando nos calculamos menos edad unos a otros.

Algún día, basados en la verdad –Jesús-, quizá todos lleguemos a decirnos nada más y nada menos, la edad que realmente tenemos…

Sin resentimientos.

sábado, 12 de marzo de 2011

¿ARMA O HERRAMIENTA?

Del Evangelio según San Mateo 4, 1-11.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes." Pero él le contestó, diciendo: "Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras."" Jesús le dijo: "También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios.""

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: "Todo esto te daré, si te postras y me adoras." Entonces le dijo Jesús: "Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”" Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían”.

En este pasaje del evangelio nos encontramos una batalla excepcional: el Bien supremo contra el mal. Un emocionante encuentro en el que tanto Jesús como Satanás, utilizan un arma y una defensa en común: La Palabra de Dios.

Jesús es tentado en un momento en que, su humanidad se ve debilitada: siente hambre después de pasar 40 días en el desierto. Es entonces, en ese preciso instante de vulnerabilidad donde se hace presente el tentador. Es como un animal al que le encantan las grandes presas, mayores que él, y sobre las cuales sólo tendrá oportunidad de éxito si se ven disminuidas o enfermas. En aquel entonces, al igual que hoy.

Me sorprende el atrevimiento del diablo para acercarse a tentar a Jesús, el Hijo de Dios. El diablo no se deja intimidar por nadie como se deja ver en esta ocasión y está atento a cualquier señal de oportunidad para atacar. Él no tiene nada que perder.

Jesús por su parte, va al desierto como preparación para su gran misión: La Salvación de la humanidad. Sabe a lo que se enfrentará, sabe a lo que estará expuesto, sin embargo se sabe amado por su Padre y tiene un arma secreta: La Palabra de Dios.

Pero, el Diablo tuvo la misma idea, atacar con esa misma “arma”, y además lanzarse a atacar con una seguridad atribuida sin duda alguna al perfecto conocimiento de la Palabra de Dios, pues ha tenido todo el tiempo para memorizarla. Y es que, un embaucador y tramposo como él, conoce bien todas las estrategias de guerra y su arma más poderosa es sin duda esa habilidad de blandir tan poderoso artefacto.

Satanás tergiversa la Palabra de Dios para conducirnos al pecado. Lo “adereza” de tal modo que, aún al más conocedor de la Biblia (o religioso, o predicardor, o sacerdote, o ministro, o Pastor, o parroquiano...) le parece atractivo y hasta “legal” cometer pecado. Satanás lo hace parecer como algo bueno, atractivo, necesario, y hasta divino.

Jesús tuvo, tiene y seguirá teniendo la ventaja sobre él porque ÉL ES LA PALABRA. A diferencia de Satanás, Jesús no sólo domina las escrituras sino que las vive, las hace realidad y ellas se hacen realidad en Él, en Él tienen su cumplimiento, y no hay Palabra más importante que Él.

Ésa es la gran diferencia entre usar a la Palabra de Dios como un arma mortal o como una herramienta de vida, una que sin duda nos ayudará a alcanzar la felicidad, si seguimos el “instructivo” adecuadamente.

La clave para que sobrevivamos a las tentaciones y nos libremos del pecado, no sólo en estos tiempos de cuaresma y semana santa, sino a lo largo de toda nuestra vida, es esa: vivir la Palabra más que recitarla o aprenderla de memoria.

Y es que parece que muchos cristianos estudiamos la Biblia no para que rija nuestras vidas sino como quien se instruye para dominar un arma, y después salir a usarla.

Persiste la idea de que, esa batalla se libra todavía hoy: la batalla entre Jesús y el Diablo. Pero ya no hay guerra, ya terminó.

Esa primera batalla en el desierto la perdió Satanás y la guerra definitiva fue ganada en la cruz y sellada con la resurrección de Jesús. Aún así, nos empeñamos en “luchar” entre nosotros mismos por ver quien “domina” mejor la Palabra de Dios, como si todavía estuviéramos en guerra. O peor aún, usamos a la Biblia para abusar y someter a otros bajo un yugo al que nos atrevemos a llamar “divino”.

Jesús se enfrentó a Satanás para LIBERARNOS y venció por nosotros. Para hacer nuestra esa victoria tenemos que hacer nuestra vida como la suya, porque Él es LA ÚNICA, ÚLTIMA Y DEFINITIVA PALABRA DE DIOS, es la única manera de resistir los embates y las tentaciones del mundo.

Pero el diablo sabe confundir bien y hace que nuestros instintivos deseos de lucha, competencia y conquista, nos lleven a creer que Jesús necesita soldados. Jesús necesita amigos que instruyan a otros acerca del verdadero sentido de su Palabra: dar vida, no dañar o juzgar a otros. No es un arma de ejecución, ni de conquista violenta, es una herramienta de edificación, una “constitución” que, de ser usada correctamente aplicará justicia y traerá paz pero, si es distorsionada y usada de mala manera traerá conflictos, desesperanza y hasta la muerte...

¿Cómo vas a usar tú la Biblia de hoy en adelante?

jueves, 24 de febrero de 2011

SI NO VAS A HACER NADA BUENO...

En aquel tiempo, llamó Jesús a los doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.

Y les dijo: “Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar. Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies, como una advertencia para ellos”.

Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban”. Marcos 6, 7-13.

Recuerdo que cuando era un adolescente -rebelde e inmaduro-, fui enviado al negocio de mi papá para trabajar ahí y así ayudarle. Mi misión era simple: obedecer. Y obviamente no necesitaba ser un genio superdotado para cumplir mi sencilla tarea. Sólo requería de obediencia, pero ¡qué cosa más difícil cuando eres necio y no sabes lo que quieres! No fui llamado de manera opcional, fue una orden directa, y no fue para ser gerente, presidente, ni nada parecido, sino para ser un común ayudante que debía seguir instrucciones. Y me costó mucho asimilarlo.

Jesús hizo lo mismo con los doce apóstoles, los envió y les mandó unas sencillas indicaciones que, dicho sea de paso, fueron  una orden y no una sugerencia.

Pero hoy en día, muchos de los "enviados" que se dedican a “servirlo”, violan más de alguna de estas obligaciones -si no es que todas-.

Y al hablar de estas "órdenes" que Jesús dejó para los enviados, vienen a mi mente las auto llamadas "órdenes religiosas".

Se les considera comunidades o instituciones dedicadas a servir a Dios, pero la realildad es que muchas hacen caso omiso de las órdenes que Jesús hace en el evangelio. Sus mandatos no son sugerencias, ni votos opcionales, para seguirlo hay que cumplir estas reglas para poder llevar a cabo la misión tal como él quería. Las órdenes religiosas y congregaciones, son un claro ejemplo de estas violaciones a las órdenes de Jesús por parte de los enviados.

Por ejemplo, en lugar de anunciar de dos en dos como lo manda Jesús, voluntariamente se recluyen o se encarcelan "de a montones". Sienten un "llamado" a enclaustrarse. Jesús nunca dio la orden de encerrarse para vivir agrupados y sin que nadie les diga qué hacer, ni les revise.

Congregarse y vivir "en comunidad” origina justo lo que Jesús no quería en sus discípulos: comodidad. Sí, el asentarse y acomodarse en una vivienda, obliga a buscar una fuente de ingreso para así mantener la casa y a los que viven en ella. Violando así el mandato de no llevar nada. ¡Cómo no van a llevar nada para el camino! Si ni siquiera salen, y claro, al tener una casa y vivir "en familia” pues tienen gastos como los de cualquier casa y cualquier familia. Y a algunos de ellos les gusta vivir muy bien.

Vivir encerrados haciendo sabe Dios qué, no los pone entonces en el camino de personas que puedan ofrecerles lo que no traen. No confían en la providencia de Dios y no salen a anunciar. Dice Jesús que cuando entren en una casa, permanezcan hasta que se vayan del lugar, no que se acomoden y vivan ahí para toda su vida.

Es por ello que al encerrarse tienen que conseguir un estilo y modo de vida sustentable por ellos mísmos, muy distinto al que ordenó Jesús. Tienen que convertirse en verdaderos empresarios y negociantes, si quieren salir adelante y progresar en este mundo.
Tampoco pueden denunciar con la verdad las injusticias, por temor a no ofender a sus bienhechores ni cuestionar el origen de las “limosnas” con las que los ayudan, por eso tratan siempre de agradar y mantener contentos a los que los mantienen a ellos contentos.
Para sacar sus muchos fondos hacen de todo: construyen casas para rentarlas para eventos religiosos como retiros, misas exclusivas, graduaciones etc. Crean hospitales privados y les ponen nombres de santos para que la gente se sienta tranquila. Atienden orfanatos y terminan utilizando a los niños como otra fuente de ingresos. O fundan y manejan universidades y colegios carísimos... pero eso sí, “muy católicos”.

Muchas órdenes no anuncian la Palabra de Dios, ni llaman a la conversión; no ungen y curan enfermos, ni expulsan espíritus inmundos, pero si han descubierto formas muy originales de hacer dinero, tanto que parecen moralmente buenas y justas ante la feligresía. Son especialistas en eso.

Instituciones y congregaciones religiosas de monjas o “hermanos” se encargan pues de todo, menos de lo que Jesús les pidió. Así de sencillo. Pero lo peor no termina ahí, no conformes con desobedecer a Jesús, dañan a quienes caen en ellas.

Cuando convocan vocaciones religiosas para integrarse a sus congregaciones o fraternidades, los someten a rigurosos estudios psicológicos bajo criterios arbitrarios, además de "persuadirlos” para que sirvan ciegos y sordos a los propósitos de sus superiores.

Si son parte de las personas a las que atienden en un colegio u orfanato, se les violenta física, espiritual y psicológicamente en el nombre de Dios. Si contribuyes con dinero a su causa, hacen mal uso de esos recursos y ponen a trabajar a otros en lo que supuestamente era su “apostolado”. En fin, muchas de ellas son pequeñas mafias ambiciosas que trabajan para distintos fines, pero ninguno de esos fines se llama: Jesús.

Labores como el trabajo y la educación sin fines de lucro, la misericordia y la caridad llevada a los más desprotegidos, el anuncio gratis del evangelio de casa en casa, deberían ser sus prioridades y aprender a dejar de hacer negocio hablando de Dios.

Pero ellos al sentirse una "élite llamada o escogida”, echan a perder su verdadera misión, preocupándose más por los asuntos del mundo que por los de Dios.

Y a todo esto: ¿Para qué se encierran?

¿Para vivir una vida de contemplación? Porque mejor no contemplan la necesidad urgente de Dios que hay afuera.

¿Para vivir una vida de adoración? Porque mejor no adoran a Dios atendiendo a sus hijos en sus formas más discriminadas, desprotegidas y desagradables.

¿Para vivir una vida de oración? Habiendo tantas horas en un día para hacer otras cosas además de orar... “Ora et labora” (ora y trabaja) decía San Benito hace casi 1,500 años...

¿Para vivir una vida de silencio? Qué bueno que Jesús no llevó una vida de silencio... había tanto por anunciar.

¿Para vivir una vida de soldado de Jesús? Ya no hay guerra, JESUCRISTO YA VENCIÓ nada más ni nada menos que al maligno y a la muerte!! Jesús no necesita soldados ni siervos sino AMIGOS!!! Los sedientos de guerra y violencia son engendros del mal que se creen hijos de la Luz...

¿Para vivir defendiendo la fe? ¡¿Y a nosotros quien nos defiende de esos supuestos defensores?!

¿Para vivir sin contaminarse del mundo? Si dentro de sus mismas congregaciones se ensucian cometiendo los peores actos, incluso en contra de inocentes.

¿Para evangelizar? Más les valdría a muchos mejor ni pronunciar el nombre de Dios sin antes conocerlo.

Regresando a cuando era adolescente, recuerdo que al ponerme a las órdenes de quien era el encargado en aquel tiempo, él se desesperaba al ver lo mal que hacía mis labores. Cómo en aquel tiempo no encontraba sentido a lo que hacía, lo hacía mal y a veces intencionalmente.

Un día el encargado se enojó tanto, que harto me gritó: “¡Si no vas a hacer nada bueno, mejor no lo vengas a hacer aquí!”. Fue una ingeniosa manera de decirme que si no iba a obedecer ni cooperar para hacer bien mi trabajo, prefería que no lo hiciera. Era mejor que no estuviera ahí.

Yo sé que las órdenes y congregaciones religiosas no serán eliminadas por la iglesia, a pesar de que muchas de ellas ya se hayan convertido en SECTAS. Porque la iglesia no sólo las permite y las aprueba, además las defiende y encubre, ya que representan millonarias recaudaciones de sus negocios privados, para las arcas de la iglesia. También le sirven de pretexto por aquello de que además de hacer negocios también "evangelizan”. Habría que investigarlas a todas a ver qué porcentaje realmente lleva a cabo algunas de las tareas que Jesús encomendó.

A las órdenes y congregaciones les es tan redituable y cómodo vivir así, que lejos de desaparecer, florecerán más, eso lo sé. Pero es tanto el daño que ocasionan a quienes Dios pone en su camino, que creo que es peor toparse con ellos, que vivir sin conocer la Buena Noticia.

Es por eso que hoy hago un atento llamado a todas esas congregaciones religiosas que no han sabido anunciar a Dios, que, como me dijeron a mí hace algunos años:

"Si no van a hacer nada bueno, no lo vengan a hacer aquí".

martes, 11 de enero de 2011

¿QUÉ FUE PRIMERO?

Hoy en día de los temas más polémicos, son la homosexualidad y su inclusión o tolerancia en la sociedad. Se ha hecho de toda esta realidad, una lluvia de declaraciones. Pero ante esta "lluvia" o más bien "granizada" tanto de argumentos a favor como en contra, a mí se me ocurrió salir fuera a esta peligrosa granizada, no armado sino más bien protegido con un "paraguas", uno que me permita asimilar la intensidad del granizo pero sin resultar "descalabrado". Y he decidido salir a enfrentarla para no caer en el error de refugiarme y sentirme seguro resguardándome de ella. Este paraguas representa la siguiente pregunta: ¿Qué fue primero?, Sí, como aquello que nos cuestionaban si había sido primero “la gallina o el huevo”. ¿Te acuerdas?


A mí me parece que la homosexualidad es más bien un efecto y no una causa. ¿Son los homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, etc., los culpables de la decadencia social en que vivimos? Yo creo que no, creo que más bien ellos son una muestra de los errores que hemos venido cometiendo las familias.

Y es que, la irresponsabilidad, por ejemplo, de ambos padres que desbarata familias, o impide que se originen y funcionen como es conveniente para todos. La mayoría de los delincuentes presos en las cárceles, vienen de hogares destruidos por conductas y circunstancias como las antes mencionadas. Sí, los matrimonios o relaciones violentas, con drogas o sin drogas, con vicios o sin vicios, sin amor y sin educación. Estas relaciones hacen mucho daño a los hijos y definen en gran parte lo que ellos serán después, quizá repetirán patrones: hombres desobligados, irresponsables, abusivos, machistas, sin muestras de afecto, intolerantes y severos. Mujeres que no se ocupan de sus hijos, que los abandonan, que están solas, que los descuidan por irse a trabajar –o chismear-, que no luchan por ellos, que los golpean, que les permiten todo, en fin.

Y por eso hoy en día nos parece más grave el problema de la homosexualidad, porque así como la delincuencia, se han ido formando y acumulando durante años por lo mal que hemos llevado nuestra responsabilidad de formar cada cual una verdadera familia.

Algo ha salido mal, porque, no es que ellos se aparezcan gratis con sus llamativos atuendos y escandalosas conductas a pervertirlo todo, es que ellos son el resultado de nuestras propias perversiones. Muchos de ellos fueron abusados verbal, física y sexualmente, por sujetos heterosexuales. Otros tantos, carecieron de familias integradas y amorosas, es por ello que sostengo que son un efecto y no una causa.

¿Todos han sido abusados, traumatizados, oprimidos o reprimidos? No precisamente, pues como dicen: “Hay de todo”, pero una vez que surge y se muestra una ideología como estilo de vida, basada en sus derechos y sus pretensiones... como toda ideología, crea miembros que se identifican y se adhieren a dichos movimientos sociales.

Quizá no sean víctimas, o efecto de circunstancias problemáticas -no es requisito- tal vez sólo les gustó este modo de vivir, pensar y sentir. Y lo adoptaron porque ya hubo alguien que lo propuso.

Lo importante no es pues si los homosexuales nacen o se hacen, sino qué vamos a hacer con ellos y por ellos. Porque ya están aquí.

Que cometan errores no es pretexto para lincharlos, pues los errores que cometemos tanto hombres y mujeres heterosexuales, no nos hacen más puros que los homosexuales y sus particulares errores. Por eso, en esta granizada de argumentos para probar quién tiene la razón, debemos asumir lo principal: el daño está hecho. El daño que les hemos hecho y el daño que ahora traerá la ideología que surgió de ese daño, ya están aquí...¿Ahora qué?

Pues en lugar de buscar responsables y de lanzar condenas y pasaportes para irnos todos al infierno, ahora tenemos que ser tolerantes. Pero no el tipo de tolerancia que significa rehuír a mostrar una postura ideológica por miedo o comodidad. Una verdadera tolerancia, es reconocer que los homosexuales son distintos en sus preferencias y roles, pero que siguen siendo personas e hijos de Dios como tu y yo. Que sean diferentes no nos da derecho a agredirlos, pero tampoco les da derecho a ellos a violentar los derechos de todos los demás. Se trata de ser firmes y no permitirles todo, pero ser flexibles mientras no perjudiquen a terceros.

Creo que independientemente de si estamos a favor o en contra de la homosexualidad, a todos nos corresponde urgentemente fomentar el principal valor que como personas y sociedad nos hace falta: el amor. El amor pondrá todo en su lugar y hará que las carencias no sean las que determinen el curso de las familias o las sociedades. Debemos luchar contra el egoísmo personal que influye siempre en las ideologías, creando así egoísmos sociales.

Esto es lo único que podemos hacer frente a los problemas como la delincuencia y la crisis de valores que nos llevan a la decadencia de la familia y la sociedad.

Nosotros decidimos si seguimos perdiendo tiempo en discusiones y debates sobre los homosexuales, o si mejor cada quien en su familia se preocupa de que Dios, el amor, la justicia, la tolerancia y la comprensión sean quienes dicten el futuro próximo de nuestra sociedad.

¿Qué fue primero?...Ya no importa, ahora hay que amar.