viernes, 6 de mayo de 2011

NO BASTA

En Aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga ¡Señor, Señor!, Entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ¡Señor, Señor!, ¿No hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros? Entonces yo les diré en su cara: Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Mateo 7, 21-27.


Jesús pudo agradecerles a aquellos que hablaban, exorcizaban y hacían milagros en su nombre… pero no. ¿Por qué? Tenía que decirles la verdad, y la verdad es que hacer aquello no fue suficiente, algo –o mucho- les faltó. Además de lo que habían hecho, debían practicar todo lo demás que escucharon de Él, y no sólo lo que a ellos les gustaba hacer.

Al parecer Jesús no valida a los especialistas ni sus especialidades, no le gustan las diferencias, las comodidades y los privilegios que resultan de ejercer un sólo ministerio. No sirven para su misión.

Un profesional de la predicación, un profesional del exorcismo, un profesional de los signos y los milagros, o uno que incluso domine estos tres ministerios juntos, no basta para que entre en el Reino de los Cielos. Aunque todo se haga y se consagre en su nombre, pues Jesús mismo les nombra: “los que han hecho el mal”.

¡Y toda su vida creyendo que hacían el bien!

Ello significa que a la hora de hacer el bien, es mejor hacer “un poco de todo”. Es más cristiano y más acorde al evangelio, que dedicar toda una vida a una sola labor o un sólo ministerio. Por más apasionante, exitoso o remunerado que este sea.

Si bien los dones hay que ponerlos a trabajar para el Señor, hay que hacerlo conjugando otras capacidades y otras disciplinas, logrando hacer que nuestra mayor virtud como cristianos sea no la de predicar, exorcizar o hacer milagros, sino la de amar haciendo lo que sea necesario en ese momento y en ese lugar. Amar en todos sentidos y no sólo haciendo aquello para lo que creemos fuimos “destinados”, “llamados”, o “escogidos”.

Si un día se requiere de mi ayuda para barrer, pues me pongo a barrer, si otro día debo cambiar el pañal a un enfermo, pues lo hago. Y si otro día debo predicar, pues me pongo a predicar. Pero no una sola cosa por toda la vida, porque a Dios se le complace haciendo lo que Él quiere, no lo que nosotros queremos.

¿Qué genera entonces renunciar a una especialización religiosa o espiritual? Pues seguir siendo comunes, para así no podernos distinguir, resaltar o discriminarnos entre nosotros los que nos “dedicamos” a servir a Dios. Y eso es precisamente lo que Jesús quiere para quienes trabajamos por Él, igualdad y nada de protagonismos ni eminencias.

Renunciar a especializarnos nos da también tiempo para hacer otras cosas, quizá gratis, quizá simples, quizá desagradables, quizá más cansadas o tal vez todas ellas juntas, pero también más valiosas ante Dios.

Eso es cumplir la voluntad del Padre, renunciar a la nuestra y hacer lo que es debido. Así es como distinguimos su verdadera voluntad, cuando no resulta tan divertida, remunerada y conveniente como quisiéramos.

Todo aquello que construyamos cimentando nuestro “súper poder” para dominar, nuestro “súper ministerio” para someter, o nuestro “súper talento” para convocar y hacer dinero, será destruido llegada la tempestad -no por Dios-.

Jesús se muestra así mismo como el cimiento donde es prudente construir porque Él en ningún momento dejará de ser firme -como la roca- para sostenernos, sin embargo, el éxito de nuestra construcción dependerá de si estamos dispuestos a hacerlo sobre Él y sobre lo que nos pide que hagamos.

Construir sobre Él como base, significa no aprenderse el evangelio de memoria, sino más bien practicar lo poco o mucho que lo conozcamos. Grabarnos bien aquello poco o mucho que entendamos de su Palabra para ponerla en acción.

Claro que significará cambiar los aplausos por algunas tareas desagradables, significará abandonar la oportunidad de ser famosos, de ser reconocidos, de ser gratificados, todo por una recompensa mayor: cumplir con tareas urgentes y necesarias que representan mejor la voluntad de nuestro Padre que otras. Y así poder entrar algún día en el reino de los Cielos.

¿Sobre qué estoy edificando yo mi casa?
...debo saberlo antes que la lluvia y el viento me lo muestren.

viernes, 15 de abril de 2011

VEHÍCULO DE LA VERDAD

Del Evangelio de Juan 10, 31-42.
En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas. Jesús les dijo: «He hecho ante ustedes muchas obras buenas por encargo del Padre. ¿Por cuál de ellas quieren apedrearme?»
Le contestaron los judíos: «No es por ninguna obra buena que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre, te haces Dios».
Jesús les respondió: «¿No está escrito en su ley: Yo les digo: ustedes son dioses? Pues, si la ley llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y lo que dice la Escritura no puede ponerse en duda, entonces, ¿con qué derecho me acusan de blasfemia sólo por haber dicho: “yo soy Hijo de Dios”, a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean, pero si las realizo, acepten el testimonio de las mismas aunque no quieran creer en mí. De este modo reconocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre».
Así pues, intentaron de nuevo detener a Jesús, pero él se les escapó de entre las manos.
Jesús se fue de nuevo a la otra orilla del Jordán, al lugar donde anteriormente había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Acudía a él mucha gente, que decía:
«Es cierto que Juan no hizo ningún signo, pero todo lo que dijo de éste era verdad».
Y en aquella región muchos creyeron en él.

Desde hace años, en mi casa me llaman Shynjo porque usaba una playera (la cual era mi favorita) con el nombre de un jugador de béisbol llamado Shinjo, de los Mets de New York.

Nunca me interesó investigar el significado de dicho nombre, sólo sabía que era japonés. Hasta hace algunos días descubrí su significado.

¿Qué tiene que ver lo anterior con el pasaje evangélico de Juan?

Hace algunos meses me vi en una persecución similar a la de Jesús. Llevo ya varios años tratando (a veces con éxito, a veces no) de llevar la Buena Noticia de Jesús, a veces solo como un simple profeta, y últimamente como parte de una “comunidad” y como predicador.

Después de un tiempo de conocer la forma de trabajo de sus coordinadores noté que sus políticas y acciones eran contrarias a los criterios del mismo Jesucristo. Haciendo valer mi envestidura de profeta denuncié dichas irregularidades. Eso bastó para hacer enojar a sus directores. No me arrojaron piedras como en aquel tiempo, fueron más bien injurias, calumnias y mentiras hacia mi persona, de manera cobarde, sin dar la cara, como los fariseos que se envalentonaron en masa.

Sólo supe por algunos testimonios de verdaderos amigos parte de ésas mentiras. Me vi en la necesidad de huir, de borrar todo pasado para iniciar de nuevo. No fueron mis “obras buenas” las que molestaron a éstos fariseos del nuevo milenio sino mis palabras: descubrí sus verdaderos planes, sus verdaderos rostros, sus verdaderas intenciones.

De repente me vi a mí mismo casi solo. La mayoría de mis “hermanitos de comunidad” me olvidaron sin preguntar mi versión, si lo que de mi se decía era cierto. Seguramente resultaron más atractivas y convincentes las calumnias que acerca de mi se esparcieron por toda mi ex comunidad.

Y es que, la verdad descubre, revela. Para aquellos que traman sus planes en las sombras, la verdad es una luz que los ciega y que cala; echa a perder sus maquinaciones perversas. Y aquel que entra en su cuarto de penumbras con esa incómoda lámpara, se vuelve objeto de su odio, el objetivo de sus piedras. La gente podrá matar a los mensajeros, pero no al mensaje.

Actualmente yo me encuentro fortalecido por Dios en una nueva etapa, en un nuevo "Jordán" con nuevos hermanos, insistiendo y proclamando la salvación de Jesús, a pesar de las “pedradas”
Después de todo, si yo cargo la lámpara y los que viven en penumbras me arrojan fuera, yo sigo y seguiré caminando en y con la luz.

Cuando Jesús se ve acorralado por sus acusadores, se defiende tratando de hacerlos razonar, incluso con la propia ley. Pero para los fariseos, no hay ley que los detenga. Más aún, hace Jesús mención de sus milagros sin que a ellos les importe.

Y al tratar de echarle mano una vez más sin conseguirlo, Jesús huye. No huye porque no hubiera podido hacerles frente. Huye porque llevará esa Buena Noticia, esa lámpara a quienes sí estén dispuestos a recibirla, a los sedientos de luz que han sido sometidos y esclavizados en la oscuridad por los fariseos.

En su huida, Jesús es bienvenido en el lugar donde precisamente Juan el Bautista anunciaba la venida de Jesús como el único salvador, donde denunciaba las injusticias de esos mismos fariseos y además bautizaba a aquellos que querían una nueva vida, a aquellos que se arrepentían y volvían a Dios.

Ciertamente Juan el Bautista no hizo los prodigios que hizo Jesús (como lo dice el evangelio), sin embargo la gente reconoció por fin que TENÍA LA RAZÓN.

La misión del profeta no es ser reconocido como un mesías, sino que la gente reconozca y acepte que somos sus mensajeros: ANUNCIAMOS al verdadero mesías y que TENÍAMOS LA RAZÓN cuando gritábamos apasionadamente y con el corazón LA VERDAD; que somos (o fuimos) solo eso, transmisores o más bien vehículos de la verdad.

Por cierto, descubrí que mi nuevo nombre SHYNJO significa precisamente eso... VEHÍCULO DE LA VERDAD...

martes, 12 de abril de 2011

CON VISTA PRIVILEGIADA

Hace muchos años, fui en peregrinación a un lugar más o menos conocido. Es un cerro alto donde subir a pie hasta la cima, es el reto. Aunque también se puede subir en auto.

Quienes ya habían ido, me presumían sobretodo la magnífica vista que desde la cima se apreciaba. Lo que más los motivó a subirse, fue situarse en lo más alto y disfrutar del panorama. Ser de los pocos privilegiados en estar ahí. Porque ¡no cualquiera llega eh! bueno, en realidad quien se lo propone lo logra... no es tan difícil.

Es cierto, es sólo un cerro, no es el monte Everest, pero una vez arriba a nadie parece importarle porque la sensación ha de ser similar a subir el pico más alto…supongo.

Cuando yo subí hasta la parte más alta de este cerro, había un pequeño mirador desde donde se extasiaban todos los que estaban ahí.

Estando en la orilla de aquel sitio, el amigo que con insistencia me invitó a subir, me dijo: -¡a esto le llamo yo una “vista privilegiada”!-.

Yo me quedé mirando por un rato el horizonte y después le respondí: -Pues a mí no me parece tan privilegiada, no alcanzo a distinguir nada desde aquí arriba. En cambio, desde abajo, al menos percibo lo poco que me rodea. ¿De qué me sirve entonces estar en la cima? Además, desde aquí todos se ven como “hormiguitas”-.

Mi amigo volteó, me miró y después siguió viendo el panorama. Extendió sus brazos y siguió sintiéndose el “rey del mundo”, aunque ni siquiera fue el rey de aquel cerro, pues el gusto le duró hasta que nos pidieron que nos bajáramos para regresar. Nadie se puede quedar ahí para siempre.

Aquel cerro era una eminencia, es decir, una elevación del terreno con una altura considerable… sobresalía, pues. Inevitablemente, aquellos que subimos nos sentimos en algún momento también como eminencias, pero sin aceptar que la altura no era nuestra, es sólo que nos situamos encima del cerro y con eso nos sentimos más grandes. ¡Gran error! Siempre tuvimos el mismo tamaño que las personas que estaban abajo, y por más alto que trepemos, la eminencia sigue siendo el cerro. Es el terreno el que sobresale.

Lo mismo creo que pasa en nuestra vida con los conocimientos, los bienes materiales, la experiencia y el éxito profesional que buscamos o que hemos alcanzado. Llegamos a creer y defender la idea de que todo cuanto hemos logrado, ha sido sólo por nuestras capacidades, aptitudes y esfuerzo. Que lo que soy y lo que poseo se lo debo sólo a una persona, la más importante en mi vida, aquel que ha estado conmigo siempre y que me ha inspirado desde un principio, sí, ese ser maravilloso lleno de luz y sabiduría, soy Yo.

¡Qué ridículo!

Y con esta filosofía tan egoísta, aquellos que la creen y la practican, se justifican para decir que en efecto, su dinero, su experiencia, sus conocimientos, sus habilidades y capacidades, los colocan muy por encima de los demás.

Pero ya estando en la cima no distinguen ni entienden los motivos y las consecuencias de su pregonada “superioridad”. Este es el verdadero precio por estar en lo alto, que nada de lo que sucede abajo lo pueden entender, percibir o controlar por completo. No ven con claridad desde lo alto.

¿Cuántas cosas suceden abajo sin que se den cuenta los que están arriba? Y sin embargo, creen que nada se mueve sin ser detectado por ellos… ¡Ilusos! Todo lo contrario, existe todo un mundo acá abajo que ellos ni se imaginan. ¡Si tan sólo se dieran la oportunidad! Tendrían que bajar para conocerlo, pero la distancia les hace imposible el reconocimiento.

En cambio, permanecer abajo nos ayuda a percibir con mayor sensibilidad la realidad. La mía y la de los demás, no sólo aquello que me conviene extraer de ella. Estar en las alturas del conocimiento, de la sabiduría, del éxito económico, del estudio, etc., me confunde e implica volcarme contra los que a mí juicio no están a "mi altura" Me enfoco demasiado en mí.

Pero ¿Para qué quiero entonces estar en lo alto? ¿Para ver pequeños a los demás? ¿Para gritar a otros desde arriba lo mucho que sobresalgo y ellos no? ¿Para ver y entender lo más posible pero sin estar ahí, sin involucrarme, sin ser parte de ello? ¿¡Para ver a todos como "hormiguitas"!?

No tiene sentido creer que soy el rey del mundo sólo por haberme subido a un cerro, porque llegado el momento, me bajarán y entonces tendré que volver al lugar de donde vine y al cual pertenezco: a abajo.

Subir, como vivencia está bien, al menos ya puedo platicar que la experimenté. Pero si por sentirme por encima de todos, voy a humillar, someter, empobrecer, cometer injusticias o arbitrariedades, creo que estoy mejor acá. Debo entonces lograr lo más posible pero sin causar daños colaterales ni perjudicar a nadie. Lo poco o mucho que sea o logre tener en esta vida, que sea sin "cargos de conciencia".

Jesús nos invita a sobresalir a su modo –al revés del modo humano-, que los que quieran ser los primeros, se hagan los últimos. Esas personas que usen sus logros y capacidades para trabajar primero por el bien de los demás antes que por el suyo, ellos serán las verdaderas eminencias. Las personas que sirven, que asisten, que son humildes, que comparten sus conocimientos, que no explotan ni abusan de otros, quizá ya no serán eminencias ante los ojos de los hombres, pero lo serán ante los ojos de Dios.

La verdad, yo estoy mejor aquí abajo.

martes, 29 de marzo de 2011

LOS CHISTES EN EL VELORIO

¿Cuántos de nosotros no hemos sido testigos o quizá partícipes de los famosos “chistes en los velorios”? Sí, ese jocoso momento que se aprovecha para divertirse en un funeral. Momento de broma y burla mientras otros realmente sufren una dolorosa pérdida.

¿Por qué contamos chistes o nos reímos en un funeral? Podría responderte que por algún tipo de reacción inconsciente que me permite escapar del dolor… pero no es cierto. La verdad es que no siento pena ni me interesa mucho el dolor de los demás. Sin embargo, a pesar de no mostrar respeto en los velorios, ¡no falto a ninguno!

¿En cuántos funerales no habrá sido incómoda o indeseada mi presencia? Quién sabe. Y lo peor es que yo tampoco he disfrutado de asistir a ellos.

Creo que si no sentimos un genuino dolor o si no mostramos al menos respeto por el fallecido o los deudos, no deberíamos acompañarlos en tan desagradable momento.

Quizá mi insensibilidad en los funerales se deba a tres motivos:

1. Porque en realidad no conocía al muerto.

2. Porque en realidad no me importaba el muerto, aunque lo conocía.

3. Porque en realidad no lo conocía, ni me importa que hoy esté muerto.

Creo que en este tiempo de cuaresma y semana santa, a muchos nos pasa lo mismo. No entendemos las tradiciones, los ritos y preceptos de esta temporada de luto. El tiempo de cuaresma y semana santa, se nos presenta como ideal para la reflexión y la mortificación, y año con año se nos “invita” a guardar el luto por la pérdida más grande que ha sufrido la humanidad: la muerte de Jesús.

Jesús es ese muerto que nos ponen a velar cada año a todos –los que se dejen-, lo conozcamos o no, nos importe o no, nos duela o no. Las tradiciones y preceptos a observar para cumplir en este tiempo, no son más que los fallidos intentos de nuestra Madre iglesia, para “obligarnos” a hincarnos y llorarle a nuestro Hermano bueno. Que dicho sea de paso, murió por nuestra culpa. Esa Madre que cada año disfruta echándonos en cara que nosotros lo matamos.

Aunque nuestra insensibilidad, rebeldía, apatía y falta de respeto en el funeral, tampoco se justifica con nada. Yo diría que si no lo conoces y/o no te importa su muerte, mejor ya no asistas a su velorio. No estás sujeto y nadie puede obligarte a sentir la pérdida de alguien a quien ni siquiera sabías que existió.

Por otro lado, un funeral tampoco se puede realizar cada año ¿no es cierto? Al menos no para una misma persona. Sólo se vive una vez, por consecuencia, sólo se muere también una vez.

Y Jesús ya murió.

Después de velar a un muerto, se le sepulta. Pero a diferencia de los otros muertos, Jesús murió, fue sepultado, resucitó y subió al cielo. Esa es la gran diferencia. Así que ya no debemos seguir de luto pues murió hace ya miles de años… es hora de superarlo.

No debemos revivir su sufrimiento y su muerte atroz cada año, no tiene sentido, nada podemos hacer al respecto. Debemos recordar su sacrificio no por la manera en que murió sino por la manera en que vivió. Esa fue su última voluntad.

Yo hace algunos años experimenté la muerte de mi papá, por lo tanto, ya no hago chistes en los funerales ni me río de ellos. Creo que no fue hasta que me sucedió a mí que me di cuenta de lo desagradable que es ver reír cuando tú lloras. Por eso ahora me parece tan ridículo que la muerte de alguien tan querido, sea recordada con detalles macabros y sangrientos cada año. Si creen que con eso lo valoramos más, están en un error, solamente logran que cada año nos duela menos y nos acostumbremos más.

Yo a Jesús y a mi papá los valoro por lo que me enseñaron, no por lo que su muerte trajo a mi vida, que fue sólo sufrimiento. Yo ya lloré lo que tenía que llorar.

No creo que a ellos les haya gustado la idea de que cada año yo me pusiera a sufrir y a revivir los detalles morbosos de sus muertes, a fin de cuentas, eso ya pasó y eso no les beneficia en nada a ellos. No tiene sentido tampoco hacer representaciones ni mortificarme por algo que ya está superado. Podría retroceder si me detengo demasiado en el pasado.

Jesús no murió por mi culpa, murió por mi y para mi; murió por que llevó el amor hasta las últimas consecuencias. Y yo no lo maté, murió voluntariamente en el cumplimiento de lo que su Padre le encomendó: traer la salvación al mundo y anunciar el evangelio.

Así es que al menos yo, ya dejé de culparme por su muerte, ahora más bien me responsabilizo de seguirlo y de practicar su mensaje: de que su sacrificio no sea en vano.

Porque lo más importante es que no debemos llorar a un muerto sino seguir a un vivo… ¡Jesús está vivo!

Cuando alguien muy cercano y amado muere, hay que “cerrar ciclos” para así poder mirar hacia delante otra vez y continuar con nuestro camino. Yo ya terminé mi luto y cerré ese ciclo, ahora, ya más tranquilo, recuerdo a esos dos seres amados, y lo mucho que me enseñaron.

Y tú en esta cuaresma y semana santa… ¿Cuentas chistes en el funeral? ¿Sigues llorando al muerto? ¿O ya vives la resurrección?

miércoles, 23 de marzo de 2011

¡QUÉ JÓVENES NOS VEMOS!

Hace algunos días alguien me dijo: “¡Oye, hoy te ves muy juvenil!” Yo, extrañado y a la vez indignado, le respondí: ¿¡Pues cuántos años crees que tengo!? “Todavía soy joven” –pensé dentro de mí-.

Él, al ver mi reacción, me observó de arriba abajo y respondió: “¿Treinta?” Claro que dada la respuesta yo sonreí pues sentí que de verdad lucía más joven. Nunca le dije mi edad.

El problema vino cuando me hizo la misma pregunta: “Y tú ¿Cuántos años crees que tengo yo?” Yo juraba que no tenía menos de cincuenta años, pero no iba a decírselo pues temí que se sintiera viejo por representar su edad. En cambio, le respondí: “¿Cuarenta y dos?” También sonrió y me dijo feliz: “Voy a cumplir cincuenta y uno este año… ¡Ves que jóvenes nos vemos!”

El orgullo de parecer más joven se me borró de la cara al darme cuenta que quizá los dos nos estábamos engañando por la misma razón. Él temía que me ofendiera y por eso me calculó treinta y yo igual le calculé cuarenta y dos.

Más nos vale entonces ser honestos a los dos, si es que queremos vivir en la verdad.

De nada nos sirvió adularnos y engañarnos, al contrario, mentirnos entre sí generalmente nos impide recibir por parte de otros la oportunidad de analizarnos y revisarnos, a través de sus opiniones. Darnos cuenta de cómo es que los demás nos ven, me da una idea de cómo me perciben y si tienen razón en lo que piensan de mí.

Pero la edad al igual que muchas otras cosas, es relativa. Si comparas mi edad con la de una tortuga de 150 años, pues soy apenas un niño. Pero si me comparas con una mosca que vive algunos meses, pues entonces soy tan viejo, que ya estoy viviendo “tiempo extra”.

Primero necesito que yo, siendo humano, debo ser comparado con otros humanos. Y para que alguien pueda determinar entonces si soy joven o no, necesita un dato preciso: mi fecha de nacimiento. Sólo si la gente sabe que nací en el año de 1975, podrá determinar mi verdadera edad al día de hoy.

Jesús, así como nuestra fecha de nacimiento, es el indicador que despejará cualquier duda o error a la hora de comparar nuestro comportamiento y modo de pensar. Ya no será relativa nuestra percepción, ahora con este “dato preciso”.

Jesús establece con su Palabra y obras, el modo correcto para que nosotros llevemos nuestra vida de la mejor manera posible. Él quiere que todos seamos felices y nos salvemos, por eso, cuando nuestras acciones o ideas son analizadas o denunciadas con base en la Palabra de Jesús, eso nos da la oportunidad de retomar el camino correcto si nos hemos desviado. Sólo hablando con la verdad es que conoceremos aquello a lo que Jesús se refería con instaurar el “Reino de Dios” aquí en la tierra.

Claro que el modo de ser honestos al decir la verdad, también debe hacerse a la manera de Jesús. Aunque muchos fallamos al hacerlo. Y no es que sea inevitable, es más bien que la naturaleza de Jesús parece tan contraria a la nuestra, que algunos nos dejamos llevar por la propia. El criterio de Jesús implica más trabajo, pero es el correcto.

De la importancia de hablar con la verdad y actuar conforme a la verdad, sigue hablarla con amor, respeto y prudencia. Y ¡Cómo cuesta! Porque creo que para Jesús “el fin no justifica los medios”.

Así pues todos debemos cuidar el modo de decir la verdad y también debemos cuidar el modo en que la recibimos. Las dos son importantes.

Por eso es que todos debemos estar alertas y abiertos a decir la verdad y también a aceptarla, sólo así podremos corregir lo que está mal y no vivir engañados, sólo por temor a ofendernos, o porque estamos más cómodos en la ilusión. Como cuando nos calculamos menos edad unos a otros.

Algún día, basados en la verdad –Jesús-, quizá todos lleguemos a decirnos nada más y nada menos, la edad que realmente tenemos…

Sin resentimientos.